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Francesc-Marc Álvaro | Som més que un «hub»?
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30 ene 2012 Som més que un «hub»?

El cierre de Spanair ha tenido lugar cuatro días después de que la ministra Ana Pastor declarara que «no es conveniente introducir competencia entre El Prat y Barajas, sino que es conveniente que ambos compitan con otros hubs europeos». No lo menciono para sugerir que hay una relación causal sino para que todo el mundo tenga claro de qué va esta historia.

Como las estructuras políticas han primado y priman el aeropuerto de Madrid al margen de los cambios en la realidad económica y social, las élites catalanas reclamaron educadamente pero con firmeza que el aeropuerto de El Prat se convirtiera en un verdadero hub internacional para que Barcelona no quedara al margen del mundo global que genera riqueza y oportunidades. Como la gestión centralizada y el concepto jerarquizado de Aena parecía (y parece) eterno, la compra y relanzamiento de Spanair para convertirla en la compañía aérea de Catalunya se vio como un atajo y una palanca para lograr, por la vía de los hechos, lo que los poderes fácticos de Madrid bloqueaban con todas las leyes a su alcance. La aventura ha tenido un triste final y, como escribía Manel Pérez, el caso ha puesto en evidencia la impotencia política y económica de la sociedad catalana.

Al margen del contexto de crisis, del auge de las compañías de bajo coste o de los errores que se hayan podido dar en la gestión, esta noticia vierte una luz muy potente sobre los límites de la administración llamada autonómica y las debilidades de nuestra clase empresarial. Como ha ocurrido otras veces, Cataluña ha querido actuar como un Estado soberano de facto sin tener en cuenta que el Estado que sostenemos con nuestros impuestos nos obliga a jugar con las manos completamente atadas. Se ha menospreciado este factor. Todo el mundo sabe que, en España, ni la derecha ni la izquierda son auténticamente liberales sino que son estatalistas, como certifican las recientes palabras de Pastor. Y todo el mundo sabe también que Iberia no sería hoy lo que es sin las ayudas directas e indirectas de una administración central con criterios cien veces más nacionalistas que los de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona a la hora de poner más de 120 millones en Spanair.

Pero esta inercia centralista no debe ahorrarnos la autocrítica. Podemos hacer muchas preguntas: ¿Por qué el empresariado, salvo honrosas excepciones, no planta cara con más coraje a la asfixia que nos provoca Madrid? ¿Por qué hablamos tanto de sociedad civil si, a la hora de la verdad, es siempre el dinero público el que sustenta mayoritariamente estas operaciones? ¿Por qué no somos más audaces a la hora de imaginar caminos para el progreso del país y, en cambio, no somos más realistas a la hora de gestionarlos? ¿Por qué los políticos no analizan con más atención antes de arriesgar los euros de todos? Necesitamos un aeropuerto de categoría internacional pero no podemos permitirnos fracasos de este tipo. Lección obligada: aprender a medir bien las fuerzas de que disponemos.

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