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Francesc-Marc Álvaro | Víctor Alba – El rebel feliz
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26 ago 2001 Víctor Alba – El rebel feliz

Víctor Alba. La publicación de su último libro, “Diccionari de les ximpleries”, y el reconocimiento de universidades y periodistas de las nuevas generaciones sitúan como protagonista de la actualidad a un cronista de 85 años que nunca la ha abandonado como observador. Desde sus comienzos en los diarios de la Cataluña republicana, Alba ha tocado todos los géneros y ha escrito decenas de libros y miles de artículos con un estilo incisivo y lúcido que hace estallar las obviedades. Insumiso frente a los totalitarismos, su rebeldía ha ganado

Podrían apostar un millón de euros, y los ganarían, a que este hombre siempre ha bajado las escaleras como le ha dado la real gana, claro que aquí debería escribir “republicana gana”, para ser precisos. Víctor Alba, seudónimo del ciudadano Pere Pagès Elies, es feliz, sea dicho con perdón. Feliz aquí no quiere decir ni tonto, ni rico, ni resignado, ni mucho menos crédulo. La felicidad de este viejo periodista (¡no periodista viejo!) es la del mucho vivir y mucho contar y, sobre todo, la de la íntima alegría de quien ve que los avatares de la historia le acaban dando la razón y disuelven un buen puñado de mentiras. También contribuye a su felicidad el haber enterrado a sus mayores enemigos: Hitler, Stalin, Franco, la Pasionaria. No está nada mal.

Su nombre de firma fue prestado por el efímero personaje literario de una de sus primeras novelas, escrita y quemada en el exilio francés, en compañía de Albert Camus, con el que charló y bebió mientras Europa ardía. El arquetipo de hombre rebelde contrario a toda opresión totalitaria, que el autor de Argelia sintetiza en su célebre ensayo de igual título, está encarnado en Víctor Alba. Sin excesos épicos ni altisonancias, sin darse importancia, a pesar de haber cruzado el siglo XX como quien atraviesa ágil en medio de un incendio. Por esto Alba no se ha jubilado de nada y no lo hará jamás. Se lo pasa demasiado bien con la vida, con la batalla, con cualquier detalle. Y sigue escribiendo cada día en su ordenador artículos, traducciones, páginas de uno u otro libro. Parece no estar cansado y eso que, si mira hacia atrás, ya lo ha hecho y visto todo. Un ejemplo: siendo adolescente y en pantalón corto, consiguió una entrevista con el entonces president Macià. ¿Qué le puede parecer Aznar a un tipo que viene de tan lejos?

Metido desde los dieciséis años en este oficio abrasivo del periodismo, su trayectoria arranca en los años de la II República, se ve hendida por la Guerra Civil, prosigue en el exilio francés y mexicano, hace un quiebro en los Estados Unidos de la contestación hippie y la guerra de Vietnam, hasta retornar a casa, primero temporalmente y, finalmente, desde hace ya bastantes años, con residencia fija ante el mar de Sitges, junto a su esposa Loute.

Militante (siempre añade que “muy malo”) del POUM, amigo de Andreu Nin y de Joaquín Maurin, batalló, como George Orwell, por esa izquierda diferente que no pudo ser, acallada por los totalitarismos fascista y estalinista, la guerra, la inexperiencia y el destiempo. Hoy se ríe cuando hablan en la tele de “tercera vía” o de “socialismo libertario”. De hecho, está en disposición libérrima de reírse seriamente y razonadamente de cualquier cosa, con una mirada extraviada que anuncia un talante suavemente insolente, huidizo, impredecible. Hace años, cuando empezó a volver de su exilio yanqui, algunos le difamaron haciendo circular que trabajaba como espía para la CIA. Nuevamente fue sospechoso para los del régimen y para sus contrarios. Nuevamente la estupidez, la miseria y el sectarismo como en los años treinta. Alba se sigue riendo de aquello, sin acritud, con la distancia que dan los años y la victoria discreta, tardía.

Sus memorias, “Sísifo y su tiempo”, son de obligada lectura y ejemplo brillante de su sistema de argumentación crítica, levantada a partir del cabreo. Es una forma lúcida, intensa y original de vivir y anotar la vida. Alba me recuerda que, antes de acabar, ponga que la primera obligación de cualquiera es no aburrirse. Él, claro está, nunca lo ha hecho. Queda dicho, maestro.

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