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Francesc-Marc Álvaro | Carnaval en temps de crisi
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15 feb Carnaval en temps de crisi

Soy de una ciudad del segundo cinturón barcelonés, Vilanova i la Geltrú, donde siempre se ha vivido muy intensamente la fiesta del carnaval. Es una tradición local mediante la cual una sociedad determinada ha ido definiendo su carácter colectivo, en paralelo a los avatares que han atravesado la historia de nuestro país y del mundo. Es un proceso equivalente a lo que han vivido otras localidades catalanas y de fuera –pienso en Sitges, Solsona, Prats de Molló, Bielsa, Sobrarbe, Tolosa, Mundaca, Cádiz, Tenerife o Las Palmas– que han convertido en famosas las fechas que, según el calendario de la Iglesia, preceden a la Cuaresma, periodo de abstinencia rigurosa que hoy, entre nosotros, sólo sigue a rajatabla una minoría de católicos. Este 2012, la severidad ante los placeres del mundo y de la carne no proviene del dictado de los curas sino de la cruda realidad de una crisis que genera cifras de paro que aterrorizan. ¿Cómo encaja una fiesta que tiene como centro el exceso con un momento en que todo parece colgar de un hilo y las expectativas son terriblemente pesimistas?

Es un hecho histórico que todas las sociedades necesitan divertirse para liberar presión, también cuando el panorama es más descorazonador. Sobre todo en estos casos, como demuestra la vida cotidiana durante una guerra o una catástrofe natural. Los mecanismos de la psicología individual y colectiva crean el contrapeso necesario frente la adversidad, a fin de que el ser humano pueda soportar sin enloquecer un periodo en que las dificultades lo dominan todo. La Iglesia entendió bien la dinámica de la represión institucional y la subversión bajo vigilancia cuando recubrió las viejas tradiciones paganas –la base del carnaval– con la doctrina oficial que se ofreció como única verdad en Occidente durante muchos siglos. Después, la ciencia nos ha hecho comprender que las colectividades humanas son muy sensibles a las formas sutiles de poder que denominamos influencia, que tienen la capacidad de orientar estados de ánimo sociales. Todo lo que nos llega hoy, de boca de líderes políticos y económicos, reitera los peores augurios.

¿Tal y como están las cosas, quién tiene ganas de disfrazarse y salir a la calle a bailar y a reírse hasta de su sombra? En teoría, como decíamos antes, cuando las cosas van mal, toca distraerse más que nunca, pero eso no es tan fácil. En una muestra de ironía involuntaria, los sindicatos han elegido el día 19, domingo de carnaval, para organizar manifestaciones de protesta, una fecha rara si se trata de medir la respuesta a la reforma laboral. Los que dicen representar los intereses de la inmensa mayoría que vive de un salario tampoco acaban de afinar. En fin, no podemos olvidar algo obvio: el carnaval es, además del planeta de las máscaras, el reino de la sátira que tiene como objetivo, sobre todo, poner en evidencia a los poderosos, que hoy no son –lo subrayo– los que más aparecen en televisión. Además, si tuvimos carnaval a pesar del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, la crisis no puede ser un freno a la necesidad de irreverencia y de insolencia que una sociedad democrática debe mantener para no traicionarse a sí misma. En este sentido, recomiendo que recuperen el capítulo del Polònia emitido por TV3 el pasado jueves, brillante del primero hasta el último gag.

Querría equivocarme, pero me parece que los carnavales de este año también serán víctimas de la crisis. Eso gustará quizás a algunos de mis amigos que detestan el carnaval, seguramente porque lo asocian únicamente a la escuela de sus hijos. Debe de ser que con el fútbol y los programas del corazón ya tenemos bastante para olvidar transitoriamente las penas. Estos son fenómenos que los analistas de otras épocas (y los gurús de las indignaciones presentes) tildarían de pruebas irrefutables de alienación de la clase obrera. Pero la sociedad se ha hecho tan compleja que los mismos que declaran confiar más en las ONG que en las administraciones confiesan que quieren ser funcionarios. Es el mismo baile de máscaras –este dura todo el año– de los supuestos liberales del PP, buena parte de los cuales son altos técnicos del Estado. Lo grotesco es superior fuera del carnaval.

Para hacer coña en el espacio público (y para dedicar unos euros a prepararla) conviene que la densidad de las preocupaciones no supere un cierto umbral. La desconfianza en la cual nos movemos es grande y no parece retroceder pero todavía permite la sátira. El problema aparece cuando entramos en el territorio desolado de la desesperanza, como les pasa a los griegos. Entonces, no hay margen. Aquí, si crece el número de familias con todos sus miembros desempleados y no conseguimos crear empleos y que los bancos den créditos a las empresas, la desconfianza se pudrirá y se convertirá en desesperanza, un corrosivo temible para cualquier grupo humano. Cuesta reír cuando hay que dedicar todas las energías a sobrevivir sin saber qué sucederá mañana. Pero no estamos en este escenario, hoy todavía tenemos derecho –creo– a reírnos de lo que nos rodea, precisamente para conjurar los peores demonios.

Don Carnal debería llegar pasado mañana de la mano de los Reyes Magos para serenar un poco los ánimos, pero circula el rumor de que lo hará del brazo de la señora Merkel. ¿Y quiénes serán las concubinas del rey del carnaval? Pónganlas ustedes, seguro que aciertan.

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