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Francesc-Marc Álvaro | Una obra terapèutica
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20 feb Una obra terapèutica

La Fundación Francisco Franco ha hecho saber que denunciará a Eugenio Merino por su obra Always Franco, que consiste en una reproducción a tamaño natural del dictador en sus años últimos, colocado dentro de una nevera de refrescos. No hace falta ser jurista para saber que la denuncia no prosperará dado que la Constitución y varios casos precedentes establecen que la libertad de expresión y de creación es un valor fundamental, y más tratándose de un personaje público histórico y no de un particular anónimo. Si los jueces avalaran cualquier forma de censura similar, habría que preocuparse, sobre todo porque la legislación vigente permite, en cambio, que exista una fundación que enaltece sin manías la figura de un dictador así como la existencia de partidos que propugnan una versión actualizada de la tiranía que implantó el general a partir de 1939.

A mí, la obra de Merino, en una primera aproximación, me parecía el típico chiste fácil, una provocación demasiado obvia y poco arriesgada, más propia de un desfile carnavalesco que de una sala de arte. Después, una vez los directivos de la Fundación Francisco Franco han picado el anzuelo, se han quejado y han dicho que la justicia democrática debe proteger el (¿buen?) nombre y la memoria de su líder, la obra de Merino me ha empezado a parecer más interesante, más inteligente y de mayor calado. Porque ha conseguido (supongo que era eso lo que pretendía al artista) hacer aflorar una realidad que siempre se dice que es residual pero que quizás no lo sea tanto. Por ejemplo, en la prensa de derechas de Madrid he visto comentarios tan envenenados sobre Merino y su obra que da la sensación de que todavía existe demasiada gente –no sólo dentro de la caverna– que interpreta como una ofensa personal cualquier crítica más o menos mordaz o irreverente a un militar golpista que gobernó España palo en mano durante casi cuarenta años. Me cuesta entender que uno se declare demócrata y, a la vez, se moleste si se ataca a un dictador. Me cuesta mucho, sinceramente, tanto si hablamos de Franco como si lo hacemos de Pinochet, Castro, El Asad o Ahmadineyad.

El arte de explícita vocación política (¿qué arte no es siempre político, inevitablemente?) puede tener ambición o puede agotarse en la ocurrencia de temporada. Me parecía que Always Franco era un producto del segundo grupo pero debo corregir mi juicio: Merino ha conseguido una obra terapéutica, que más que interpelar la conciencia del espectador actuará quizás como un pequeño purgante sobre la mentalidad colectiva. Quien sabe si con más eficacia que el juez Garzón. La exhibición de una réplica del dictador ha hecho que los elementos tóxicos hayan salido de su escondite. Celebramos que se hagan visibles porque así queda claro que todavía están y todavía plantan cara sin que el fiscal general les obligue a cerrar el chiringuito.

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