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Francesc-Marc Álvaro | Un altre nom per al MNAC
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11 ago 2012 Un altre nom per al MNAC

Baixamar ha empezado a salir de casa más a menudo, parece que se está espabilando. Me alegro. El tío no me lo ha dicho, pero creo que la proliferación de chicas con shorts le da ganas de airearse, a pesar de la crisis. La moda tiene estas cosas, produce efectos directos sobre la moral colectiva. Por suerte, el vintage lo recupera todo, vivimos tiempos de reciclaje constante y con el abrigo del abuelo (y unas gafas de pasta de oficinista tardofranquista) eres la estrella de la fiesta.

Y la moda también afecta a los nombres de las cosas. Ahora hemos descubierto el encanto de aquellos establecimientos del tiempo de la abuela: Pastelería la Confianza, Tejidos la Africana, Papelería La Carpeta Moderna, etcétera. Es un mundo casi desaparecido en el que los tenderos colocaban letreros que reforzaban los valores del negocio y sugerían una historia. Bautizar los objetos no es fácil, hoy existen empresas que se dedican a ello. El tío Baixamar tercia: «El que decide el nombre de las cosas demuestra un gran poder, por eso lo primero que hacen los políticos cuando llegan al gobierno es cambiar la denominación de ministerios y lo que haga falta; si los unos tenían Salud, los otros ponen Sanidad. Que se note que ahora manda otra gente». Tiene razón.

Pepe Serra, director del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), se plantea cambiar el nombre de la institución que dirige porque «no se puede ir por el mundo con un nombre como el MNAC y no se puede renunciar a una marca como Barcelona». Pues claro. ¿Cómo es que nadie había pensado antes en ello? Estas siglas deben despistar a las personas cultas interesadas en la colección de arte románico más importante del planeta.

Lo comento con Baixamar y pondero el olfato político que Pepe Serra ha heredado de su tío Narcís. ¿Y si rebautizamos -digo yo, por ayudar- el MNAC como Museu d’Art de Barcelona y nos dejamos de naciones y otras molestias que complican tanto ir por el mundo? Al Macba le va muy bien de esta manera, hay que imitarlo.

Baixamar, que tuvo una aventura en Nueva York y es un aficionado modesto pero apasionado a las artes plásticas, me observa con ademán de cansancio. Da un trago de cerveza y suelta: «Escucha, por esta regla deberíamos cambiar también el nombre del MoMA, ¿verdad? ¿Te imaginas este debate en otro lugar? ¿Existiría Barcelona sin Catalunya? Estoy cansado de gilipolleces». Pido dos cervezas más.

¿En qué acabará la gran reflexión de Pepe Serra? Baixamar invoca un precedente brillante de la tribu: «Aquí tenemos una formación musical que exhibe un nombre larguísimo, la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya». Sin embargo -replico yo- todo el mundo la conoce como la OBC, a secas. Mi amigo se ríe. Por no llorar.

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