ajax-loader-2
Francesc-Marc Álvaro | Bons, dolents i Assange
4653
post-template-default,single,single-post,postid-4653,single-format-standard,mikado-core-2.0.4,mikado1,ajax_fade,page_not_loaded,,mkd-theme-ver-2.1,vertical_menu_enabled, vertical_menu_width_290,smooth_scroll,side_menu_slide_from_right,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.5,vc_responsive

18 ago 2012 Bons, dolents i Assange

Ironías. La realidad tiende a crearlas muy jugosas. Pedir refugio en Ecuador para no ser juzgado en Suecia. El lío diplomático y político de la situación de Julian Assange en la embajada ecuatoriana en Londres invita a muchas reflexiones. Una tiene que ver con los buenos y los malos de las historias. La entrada en escena de Baltasar Garzón, figura típica de estas fábulas que tanto gustan, remata el cuadro.

El fundador de Wikileaks es la bondad y el coraje contemporáneos. Es -seamos precisos- el bueno por antonomasia: consigue y muestra los secretos de los (estados) poderosos. Sobre todo saca a la superficie un poco de la trastienda de la diplomacia imperial. Nada que cambie la visión que tenemos del mundo, pero la gesta se convierte en una celebración de la transparencia total, que es el nuevo mito. A la vez, EE.UU. es, para mucha gente, el malo de oficio, y eso no lo cambia ni Obama. Una nueva edición de David contra Goliat, una bella historia.

Pero tenemos dos problemas de guión. Quien quiere juzgar al héroe es Suecia, un Estado bueno y ejemplar en todas las comparativas, aunque la novela negra escandinava nos advierte que también hay basura en el paraíso. Bueno contra bueno rompe la lógica del relato. El escollo, sin embargo, se salva fácilmente: Suecia, en realidad, sólo le hace el trabajo al tío Sam, que es quien, al final, quiere encerrar -y quizás ejecutar- al protagonista. Los suecos son, pues, agentes del mal y no merecen ningún crédito.

Hasta aquí la narración avanza con gran satisfacción para el público. Pero el personaje Assange ha pedido y ha logrado asilo político en Ecuador, donde el presidente Correa -según todos los organismos observadores independientes- no es exactamente un campeón de la libertad de prensa. Digámoslo de otra manera: el Gobierno de Quito persigue, amenaza, difama y multa a las empresas y a los periodistas que no se someten al dictado oficial. Los Assange ecuatorianos, desconocidos de ustedes y sin el glamur estudiado del australiano, lo tienen jodido. Correa tiene encima de la mesa un proyecto de ley que, entre otras medidas reaccionarias, contempla la censura previa y debilita las garantías que protegen el anonimato de las fuentes. Ecuador no sería la república ideal donde fundar la ciudad de los periodistas. Además, en corrupción, Ecuador ocupa el lugar 120 de una tabla decreciente de 183 estados, donde Suecia siempre está entre los diez primeros.

El guión no funciona. Assange pone su suerte en manos de alguien que practica justamente todo lo que él critica y combate. ¿Ironía? Sarcasmo. Por otro lado, medios que habían entronizado al fundador de Wikileaks ahora lo miran con frialdad. El público está desconcertado. ¿No habíamos quedado en que los buenos, además de salvarnos, no hacían trampas?

Etiquetas: