ajax-loader-2
Francesc-Marc Álvaro | Algèria, França i el perdó
4733
post-template-default,single,single-post,postid-4733,single-format-standard,mikado-core-2.0.4,mikado1,ajax_fade,page_not_loaded,,mkd-theme-ver-2.1,vertical_menu_enabled, vertical_menu_width_290,smooth_scroll,side_menu_slide_from_right,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.5,vc_responsive

27 dic 2012 Algèria, França i el perdó

François Hollande, presidente francés, visitó oficialmente Argelia la semana pasada y, ante el Parlamento del país norteafricano, condenó el colonialismo como sistema «profundamente injusto y brutal», reconoció el «padecimiento infligido» al pueblo argelino y llamó a respetar «todas las memorias», pero no pidió perdón ni expresó arrepentimiento en nombre de Francia. Fue un ejercicio de memoria de Estado realizado con bisturí, para no herir más sensibilidades de las necesarias, sobre todo en París, donde el trauma de la guerra de la independencia de Argelia todavía está vivo y hace aflorar los demonios más temibles de una sociedad que -como pasa en España- mantiene unas relaciones extremadamente problemáticas y delicadas con el pasado reciente. Un ejercicio que no satisfizo del todo a nadie, como acostumbra a pasar cuando la cohabitación de recuerdos y relatos antagónicos forma parte del presente.

La encarnizada guerra de Argelia (entre 1954 y 1962) es, según el historiador Pierre Nora, uno de los «periodos memorialmente dudosos» de Francia y marca el final definitivo del modelo de Estado nación «clásico, providencialista, universalista y mesiánico» que había empezado a disgregarse a partir de la finalización de la Primera Guerra Mundial (cuando, justamente, el culto a los combatientes muertos alcanza el rango de religión civil promovida por el poder republicano).

A pesar del acceso de Francia al club de las potencias nucleares, la pérdida de Argelia (que París controlaba desde 1830) selló -escribe Nora- «la conciencia definitiva del declive». Remover aquel episodio exige que todo el mundo revise sus responsabilidades y eso resulta siempre bastante incómodo.

El modelo de asimilación cultural del colonialismo francés iba ligado al concepto de una Francia amplia y supraterritorial que estaba presente allí donde ondeara la bandera tricolor. En este sentido, Argelia era muy especial: tenía la consideración administrativa de tres departamentos franceses donde -he ahí la contradicción- sólo la población de origen europeo disfrutaba de derechos civiles plenos. Con todo, y como escribe Tony Judt, «si había una Francia fuera de Francia, aquella era Argelia», lo cual señala que no estamos ante un caso típico de descolonización (como los muchos que París emprendió en otros territorios africanos), sino ante una especie de amputación nacional, con todo lo que eso podía representar para un Estado nación que se aferraba a un sueño imperial que había dejado de ser realidad. Recuerden que la pérdida de Indochina ya había puesto en evidencia las debilidades de una metrópoli que intentaba disimular todo lo que había supuesto la ocupación nazi.

La numerosa presencia de unos colonos franceses que no querían perder lo que consideraban su país (donde disponían de unos privilegios considerables) y el papel de unos oficiales que ponían el patrimonio militar de Francia por encima de todo lo demás convirtieron el conflicto de Argelia en una bomba que hizo estallar la Cuarta República y mostró a unos políticos incapaces de resolver por sí solos un desafío histórico que amenazaba la estabilidad democrática y los equilibrios precarios forjados a partir de 1945. Las simpatías por el régimen de Vichy todavía perduraban en los ambientes más activos e inflexibles de los colonos, que se negaban a cualquier concesión a las demandas de las organizaciones nacionalistas árabes.

La dinámica represiva protagonizada por el ejército, al mando del general Challe, contra las acciones de las guerrillas del FLN (Front de Libération Nationale) argelino dio a los franceses un papel que no cuadraba nada con el mito -bellamente recreado- de la resistencia contra los alemanes. La memoria oficial no podía soportar tanta realidad. Los torturados se convertían en torturadores y París no tenía aliados en esta empresa. El clima de violencia general no podía justificarlo todo. Finalmente, fue De Gaulle quien, de nuevo, actuó como líder capaz de resolver el rompecabezas, a instancias de los políticos. No fue fácil: una parte de los militares contrarios a la independencia de Argelia crearon la OAS (Organisation de l’Armée Secrète), perpetraron varios atentados e intentaron asesinar a De Gaulle, a quien no perdonaban haber dado luz verde a la autodeterminación de los argelinos. El honor herido en 1940 rebrotaba de modo perverso y reaccionario, autodestructivo. El Estado, puesto entre varios fuegos y con una parte de sus servidores fuera de control, era una amenaza para la nación de los franceses, había que detener la enfermedad. Preservar el núcleo duro. De aquí salió la Quinta República y una presidencia con más poder que nunca.

Si Hollande pedía perdón desde la ciudad de Argel, quizás debería haber pedido excusas por demasiadas cosas, una tarea laboriosa que ahora no puede o no quiere hacer. Hollande o cualquier presidente francés tendría que basar la demanda de perdón en una operación previa: la enumeración detallada de episodios en los cuales, en Argelia o allí donde fuera, la Francia republicana de los Derechos del Hombre se había traicionado a sí misma hasta desfigurarse. Y eso no se podría hacer sin asumir, a la vez, una serie de reparaciones morales y materiales que -supongo- serían muy difíciles de concretar y consensuar en la actual sociedad francesa.

En eso -por cierto- España no está en condiciones de dar muchas lecciones a nadie. El compromiso de Hollande con la verdad de los hechos tiene estas limitaciones, y por eso hablar de reconciliación es hoy un objetivo tan loable como imposible.

Etiquetas: