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Francesc-Marc Álvaro | Ni per la llengua ni pels diners
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23 may 2013 Ni per la llengua ni pels diners

El otro día hablé con un periodista estadounidense que se ha interesado últimamente por las noticias que llegan desde Catalunya. Con total franqueza me explicó que no sabía mucho acerca de nuestro país, pero que se había documentado bastante antes de aterrizar. Su objetivo -según me dijo- es comprender los motivos «por los cuales una parte de los españoles quiere dejar de serlo». Él lo expresó de esta manera y yo puntualicé que no se trataba de rechazar o despreciar ninguna identidad, sino del hecho elemental de que un pueblo pueda ejercer la democracia.

Una vez entramos en materia, el periodista yanqui empezó a hablarme de lo que el soberanismo denomina «expolio fiscal» y comprobé que él ya había buscado las cifras básicas. Con datos en la mano, recitó lo que muchos sabemos perfectamente: el déficit estructural catalán es del 8,5% sobre el PIB catalán y representa cerca de 16.500 millones de euros en los últimos tres años. También había estudiado cómo la solidaridad interterritorial acaba afectando a Catalunya, que cae siete posiciones una vez hecha la nivelación entre autonomías, a causa del incumplimiento del principio de ordinalidad. La paradoja -añadí yo- es que las comunidades que generan menos riqueza acaban disponiendo de más recursos por habitante que las que más contribuyen a la caja común.

Entonces, se quedó muy pensativo, me preguntó por el intento fracasado de nuevo pacto fiscal y concluyó, satisfecho: «Lo tengo claro: el independentismo catalán es un asunto de intereses, como pasa en Italia con la Liga Norte». Inmediatamente, le repliqué que, si bien los argumentos económicos y fiscales estaban muy presentes en el movimiento soberanista y habían convencido a muchas personas, sería un error atribuir su crecimiento sólo a este factor. Había que ir más allá, le sugerí.

El estadounidense sonrió y sacó otros papeles de la maleta. A partir de aquel momento, me hizo un resumen bastante correcto de historia de la cultura catalana, con referencias a El Tirant, el monasterio de Montserrat, la Renaixença, la inmersión lingüística escolar y la creación de TV3. En su iPhone, llevaba canciones de Raimon, Lluís Llach, Sopa de Cabra y Manel, que no entendía pero le gustaban mucho. Alguien también le había pasado -lo tenía en el iPad- un episodio de la serie Dallas doblado al catalán y un fragmento largo de la película Pa negre.

Seguía sonriendo: «Quizás no me he explicado bien; quería decir que la cartera es determinante, pero ya sé que la reclamación identitaria de Catalunya se sustenta en una cultura y una lengua que es diferente del español». Yo le escuchaba fascinado. Habló del ministro Wert y de las ocurrencias del Gobierno aragonés, porque quería demostrar que estaba al día de todo, y remató: «Vale, el independentismo catalán es un asunto de lengua y cultura, se trata de evitar que estas desaparezcan, un poco como pasa en Quebec». Él pensaba que, esta vez, había hecho diana pero le contradije: admití la evidente base cultural del nacionalismo catalán, pero advertí que la gente no reclama el divorcio de España sólo para alcanzar una protección cultural.

El periodista estadounidense dejó de sonreír. Estaba molesto. ¿Si no eran ni el dinero ni la lengua, qué movía a una parte importante de catalanes a reclamar un referéndum? Me observó como lo haría un jugador de póquer y lanzó su as encima de la mesa. Ahora volvía a sonreír: «Me parece que ya lo entiendo: el independentismo es, sobre todo, una asunto de poder, el objetivo es tener una bandera en las Naciones Unidas, disponer de embajadas, hablar de tú a tú con Bruselas, decir que Barcelona es capital de un Estado y…». Le corté y, con amabilidad, le dije que tampoco acertaba. Para comprender el actual momento de Catalunya, debía considerar una dimensión que no se mencionaba nunca pero que era más influyente que la clave económica, cultural o de poder.

El soberanismo -le expliqué mientras él tomaba notas- es, por encima de todo, una causa moral. Eso significa que nace de constatar que la catalanidad ha sido y es, para los poderes formales e informales españoles, una forma anómala y defectuosa de la españolidad. Si la catalanidad es una identidad sospechosa por defecto dentro de la España de matriz castellana, hay que intentar disolverla, asfixiarla y, principalmente, excluirla de cualquier ámbito de poder. Hace pocos años, se frenó una opa de una empresa catalana sobre otra con el grito de «antes alemana que catalana». El catalán siempre es culpable de no ser un español lo bastante auténtico, aunque no sea nacionalista. El estadounidense alucinaba. Añadí que la relación entre vascos y castellanos no tenía nada que ver con este esquema, lo cual quedaba claro -por ejemplo- en el hecho de que nadie discutía nunca el concierto fiscal de que disfrutan Euskadi y Navarra.

El soberanismo catalán es una causa moral. Se alimenta de argumentos económicos, culturales y políticos que suministra Madrid diariamente, pero va más allá. Es una causa moral porque tiene que ver con la necesidad de dejar de dar explicaciones sobre lo que somos, como si fuéramos menores de edad. Quien no entienda esta dimensión profunda del conflicto no entenderá nada de lo que hoy mueve a miles de catalanes y catalanas. El visitante sí captó el concepto.

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