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Francesc-Marc Álvaro | El meu pare creia en Suárez
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27 mar El meu pare creia en Suárez

Era previsible que, cuando estuviera muerto, pasaría lo que está pasando: blindaje oficial del mito, saqueo partidista de su figura y panegíricos encendidos de los que, en el pasado, lo hicieron caer e intentaron desacreditarlo sin compasión. Basta con repasar por encima la hemeroteca para saber que no tiene ningún sentido que los actuales dirigentes del PP y del PSOE quieran presentar a Adolfo Suárez como uno de los suyos, y no lo digo por sus ideas, flexibles y poco elaboradas, sino por sus actitudes, inteligentes y geométricas. Está claro –como han explicado algunos que lo conocieron bien– que el líder de la UCD pensaba más en sus objetivos históricos que en su suerte personal. Sin ser un santo, obviamente. Hoy, Rajoy y Rubalcaba se limitan a gestionar su supervivencia.

Josep Melià, abogado, periodista y destacado político mallorquín que llegó a ser secretario de Estado de Información con Suárez, escribió esto durante el verano nervioso de 1976, cuando todo era muy incierto: “Suárez, mientras tanto, sorprendía por sus movimientos. Cuando las críticas arreciaban, daba un giro rápido y volvía a desconcertar a la afición. Un día se entrevistó con Tierno Galván, otro con Felipe González. Eran simples conversaciones. No se negociaba nada. Pero se establecían consultas, se sugerían combinaciones. Y el Presidente, entre tanto, trabajaba silenciosamente buscando una salida para el tema de la reforma política”. Melià, por cierto, había escrito en los años sesenta un libro de referencia, Els mallorquins, que debería leer el actual presidente balear.

Pero no quiero hablar de los políticos, sino de la gente. Porque el Suárez que me interesa es el que se convirtió en el referente de miles de ciudadanos que, a la salida del franquismo, querían creer en alguien para poder entrar en la nueva etapa sin tanto miedo. El ciudadano que tengo más cerca para observar este fenómeno es mi padre, de la misma quinta que Suárez. Mi padre tuvo confianza en aquel político joven y apuesto desde el primer día que salió por la tele, a diferencia de lo que pasó con mis maestros de EGB –la mayoría del PSUC– que lo consideraban una marioneta de los poderes fácticos. Por eso, mis padres votaron “sí” en el referéndum del 15 de diciembre de 1976 sobre la “ley para la reforma política” mientras mis profesores propugnaban –como toda la oposición democrática– la abstención activa y exigían la ruptura. Los ultras y lo que entonces se denominaba el búnker propugnaban el “no”. Los votos afirmativos representaron un 94,4%. La revista Canigó, de izquierdas y catalanista, escribía esto el 8 de enero de 1977: “Suárez està venent una imatge amb una tècnica impecable”.

Ni mis padres ni la mayoría de los que fueron a votar aquel día sabían, en realidad, qué votaban. Se limitaron a dar un cheque en blanco a un hombre que hablaba y se movía de manera muy diferente a los políticos del franquismo, a pesar de provenir del corazón del régimen. Debe ser porque creían en él. Utilizo el verbo creer –religioso– porque todo aquello se aguantaba gracias al fuerte carisma del nuevo líder y al control del único canal oficial de televisión que existía. Las clases medias que habían sido sistemáticamente despolitizadas por la dictadura aprendieron las reglas de la democracia sobre la marcha, les bastaba con identificarse con el de Cebreros. Tenían fe, digamos, en Suárez. Otra cosa es que los valores de un sistema autoritario fueran sustituidos por una nueva cultura democrática, operación que se aplazó sine die.

Suárez generaba más confianza entre el pueblo que entre los que ahora denominamos élites, una parte de las cuales lo despreciaba y siempre lo consideró un intruso. La buena gente de la calle –mis padres, entre ellos– intuyó que aquel señor podía evitar una nueva guerra civil y esta era la cuestión. En este sentido, el retorno de Tarradellas fue –más allá de su significación estrictamente catalana– un reencuentro (sin perdones ni reconciliaciones) entre perdedores y ganadores de la Guerra Civil, una foto que tranquilizaba –paradójicamente– a los muchos que no tenían ni idea que existía un presidente de la Generalitat en el exilio, caso de mis padres. Las grandes jugadas bajo los focos dejaron otras cosas en segundo término, como las desafortunadas declaraciones de Suárez sobre el catalán en Paris Match, o retrasar la legalización de ERC, o pactar con el PSOE la asfixia electoral del valencianismo político…

Mi padre creyó tanto en Suárez que llegó a formar parte de las candidaturas municipales de la UCD (con el padre del exministro Piqué de cabeza de lista) y todavía tuvo humor para seguirlo al CDS, aquel pequeño partido que quería mantener un estado de ánimo que se borró el 23 de febrero de 1981. Tardé unos cuantos años en poder explicarme la fascinación que Suárez podía ejercer entre aquellos que, por varios motivos, deberían haber votado líderes de izquierdas y/o catalanistas. La familia de mi padre, con diez hermanos, había pasado mucha hambre mientras la familia de mi madre había perdido a un tío en el campo nazi de Mauthausen. Ahora, que se habla tanto de los padres de la transición, sería de justicia remarcar que todo aquello salió adelante, sobre todo, porque mucha gente anónima se dejó conducir sin poner palos a las ruedas.

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