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Francesc-Marc Álvaro | Com volem viure?
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09 ene Com volem viure?

Que el atentado de París haya sido contra una revista satírica no tendría que conducirnos a pensar que el principal debate que ahora debemos hacer es sobre la libertad de prensa y la fe que dicen profesar los islamofascistas. Que estos terroristas tengan una manía especial a los caricaturistas y a su obra hace bascular la discusión sobre una de las libertades básicas de nuestro sistema y esto nos aboca, inevitablemente, a hablar de otro concepto -resbaladizo- que lleva incorporadas todas las renuncias posibles: la ofensa. ¿Qué ofende? ¿Quién se ofende? Desde el 2001, hay quien se ha dedicado a hablar de la ofensa como de una categoría política que puede explicar muchas cosas. Pero el asunto es tramposo. Si aceptas hablar de ofensas y de cómo limitarlas, ya estás muerto. Tan muerto como los periodistas y policías asesinados el miércoles. ¿Quién tiene derecho a ofenderse en una sociedad plural? ¿Todo el mundo? ¿Nadie? ¿Hay ofendidos de primera y de segunda?

Cuando en el 2006 el diario danés Jyllands-Posten publicó unas caricaturas de Mahoma que desencadenaron fuertes reacciones fanáticas en algunos países musulmanes (entre las cuales la quema de embajadas del país nórdico y de otros estados europeos), surgieron voces, también entre nosotros, que ponían el foco sobre el carácter «inadecuado» o «inoportuno» de las viñetas porque eran -entonces se decía- «muy ofensivas para millones de personas». Lo que algunos dejaban caer sonaba a reproche: si unos caricaturistas irresponsables no se hubieran mofado del Profeta, no tendríamos una situación de crisis internacional, han jugado con fuego… Se equivocaban entonces y se equivocan ahora: la amenaza existe, tanto si bromeamos sobre Mahoma como si callamos porque estamos cagados de miedo. La amenaza no se elimina dejando de dibujar y escribir.

No es momento de hablar de libertad de expresión ni de religión. Algunas cosas están claras para la mayoría de los europeos, incluidos miles de musulmanes pacíficos. Hay conquistas intocables en nuestras sociedades, aunque -a veces- alguien que manda añore la censura de otras épocas. No volvamos a remover el tarro equivocado. El debate de fondo que el atentado de París invita a hacer es sobre democracia y violencia, para saber cómo evitamos que el fanático consiga su objetivo último, que no es otro que cambiar nuestra forma de vivir y pensar. Tener poder es obligar a hacer o no hacer algo. El poder último -el más inquietante- es cambiar los valores de una colectividad.

La gente de Charlie Hebdo ha sido asesinada porque no aceptó el poder que ejercen sobre todos nosotros los que, invocando un Dios como causa, han conseguido que nos lo pensemos dos veces antes de hacer un chiste sobre ciertas cosas. Ellos han muerto porque no han renunciado a vivir como se vive aquí.

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