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Francesc-Marc Álvaro | Compassió, reverència
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02 oct 2015 Compassió, reverència

Los padres de Andrea Lago Ordóñez, de 14 años, han pedido que los médicos dejen de alimentar a su hija de manera artificial y la ayuden a morir sin sufrimiento, pero la gerencia del hospital Clínico de Santiago argumenta que los pediatras se limitan a cumplir la ley. En cambio, un informe del comité de bioética del mencionado hospital concluyó que era pertinente la retirada de la alimentación y de los cuidados que garantizara una muerte digna. Asimismo, otras voces indican que la demanda de los padres encaja perfectamente en lo que está previsto en la ley 41/2002 mientras que la Xunta apoya a los médicos. Se interpreta la norma vigente de manera muy diferente. Y Andrea sigue sufriendo.

Esta niña es víctima de una enfermedad rara neurodegenerativa en fase final y los padres explican que ha empeorado mucho en los últimos cuatro meses. Intento colocarme en el lugar de estos padres: si un familiar mío se encontrara en una situación parecida, yo pediría lo mismo. ¿Quién quiere ver sufrir a alguien que ama y que ya ha perdido la batalla final? Pero aquí estamos atrapados en un bucle no previsto por el legislador, lo cual tendría que encender las alarmas de las mujeres y hombres que enviamos a los Parlamentos. ¿Está bien hecha una ley que permite una interpretación tan desemejante? ¿Quizás los legisladores tienen miedo cuando se les pide que ordenen lo que el tabú y el misterio deja en manos aparentes del azar?

Michael J. Sandel, filósofo estadounidense que se adentra en los pantanos más oscuros, escribe que «los llamamientos a la compasión anulan, a veces, el deber de mantener la vida a toda costa» y añade que «el reto estriba en hallar el modo de respetar esas pretensiones sin minimizar la gravedad moral del hecho de acelerar la muerte y preservar la noción de la vida como algo digno de reverencia y no como un objeto de elección». Compasión ante el sufrimiento y reverencia ante la vida son categorías que aportan luz al problema, pero, si somos sinceros, deberemos admitir que hemos desfigurado completamente el sentido de estas palabras. Tendemos a ponernos de espaldas al sufrimiento del otro y hemos aceptado que la vida humana es un producto mercantil. Nos hemos desentrenado mirando las imágenes de los refugiados que se ahogan en el Mediterráneo, pero el sufrimiento de Andrea no es moralmente superior al del niño que murió en una playa de Turquía y llenó portadas de todo el mundo.

Compasión y reverencia. Los deberes que nos impone el don de la vida no pueden ir contra la compasión, que es quizás la forma más noble del respeto, ni contra la reverencia que debe guiarnos en medio de la confusión y la pérdida de sentido. Seguramente que todo eso lo saben los médicos que se ocupan de Andrea y lo sabían también los legisladores de turno. Pero es bueno recordarlo.

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