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Francesc-Marc Álvaro | Amb una veu a Madrid
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08 oct Amb una veu a Madrid

Todavía no lo han decidido pero no pueden tardar. Los dirigentes de CDC y los de ERC tendrán que decir pronto si quieren repetir o no la experiencia de Junts pel Sí a las elecciones españolas del 20 de diciembre. La respuesta oficial que ahora dan es que están demasiado ajetreados para pensar en ello, debido a las negociaciones con la CUP para sacar adelante la investidura, la gobernabilidad y la hoja de ruta. Por lo que sé, hay opiniones diversas. En ERC, hay un poco de todo: unos quieren repetir la coalición, otros prefieren ir por separado, y unos terceros especulan con la posibilidad de imitar a la CUP y no tomar parte en estos comicios. Mientras, en CDC, domina la idea de exportar al Congreso y al Senado la filosofía y la práctica que ha inspirado Junts pel Sí.

Barcelona es, después de Madrid, la provincia que envía más diputados al Congreso español. En total, Catalunya envía 47, sin contar a los senadores. ¿Puede el soberanismo -con independencia del resultado alcanzado el 27-S- prescindir de este instrumento? Estoy seguro de que no. Aunque la actitud de los dos grandes partidos españoles es hoy totalmente contraria a pactar un referéndum al estilo escocés, el soberanismo no se puede ausentar de un terreno de juego institucional donde -según todas las previsiones- habrá una mayor fragmentación y, por lo tanto, un nuevo mapa de mayorías y minorías. No es que me haga ilusiones. No espero cambios inmediatos de mentalidad sobre Catalunya, pero el soberanismo debe defender los intereses de la sociedad catalana en Madrid, tanto si la desconexión avanza con rapidez como si lo hace con lentitud. Mientras no exista un Estado catalán independiente, nuestra política también se hace allí. Recuerden a ­Joan Fuster: toda política que no hagamos nosotros será hecha contra nosotros. Lo que ha cambiado respecto del paradigma autonomista es el objetivo y la actitud, pero no la importancia de estar donde todavía controlan el grifo.

Si el soberanismo central de Junts pel Sí consiguiera un número de diputados importante, este hecho tendría por sí solo una fuerza innegable de cara al Estado español y también ante la opinión pública internacional. En las generales del 2011, CiU obtuvo 16 diputados y ERC consiguió 3. ¿A qué resultado podría aspirar Junts pel Sí en un contexto de fuerte rechazo al PP en Catalunya y de caída continuada del PSC? Considerando que Unió se presentará en solitario y que la CUP tiene por principio no concurrir a las españolas, ¿cuál sería el posible radio de acción de una coalición como la que ha ganado en las catalanas? Además de independientes y de socialistas y democristianos soberanizados, una lista de Junts pel Sí al Congreso podría explorar -sería inteligente hacerlo- una apertura a sectores de ICV descontentos y a entornos a medio camino de ERC y la CUP.

¿Les parece una mezcla demasiado indigesta? No tanto. Hay un precedente histórico importante. La candidatura de la Solidaritat Catalana, que triunfó en 1907 en 41 de 44 distritos y que significó la irrupción del catalanismo político en las Cortes españolas, reunía de todo: regionalistas, carlistas, monárquicos autonomistas, republicanos de varias ramas, federales e independientes. Bajo el mismo paraguas, estaba la derecha y la izquierda. Gente tan diferente como Cambó y Macià fueron juntos. Por cierto, la media de edad de los solidarios era de 33-34 años, muy joven para la política de aquella época, dato que pone en evidencia la ola de cambio que representó aquel movimiento.

Hago de abogado del diablo. Los resultados de las catalanas no tienen por qué trasladarse automáticamente a las españolas. Por ejemplo, no sería extraño que Podemos tuviera un resultado mucho mejor en Catalunya que el de la lista de Rabell, de la misma manera que es imaginable que el voto socialista recupere posiciones. Con todo, una candidatura de Junts pel Sí con un cabeza de cartel potente tendría un gran atractivo para el elector independentista, y evitaría la sensación de retorno al pasado que comportaría ver a CDC y ERC compitiendo para hacer un papel parecido en Madrid mientras aquí van de la mano. Todo el mundo sabía que la apuesta del 27-S contenía dos tiradas.

Nada será fácil en los próximos meses. Mantener la unidad del campo soberanista en varios frentes no es un asunto anecdótico. La reconfiguración del mapa español de par­tidos impactará sobre el proceso, no sabemos cómo. Solidaritat Catalana no duró mucho, desgraciadamente. Sal­vando todas las enormes distancias, iría bien no repetir ciertos errores. El profesor Jordi Casassas Ymbert acaba de publicar un libro –La nació dels catalans (Editorial Afers)- que da claves muy lúcidas para comprender el papel del nacionalismo catalán y su in­teracción con una sociedad que abraza la modernidad a la vez que se afirma en la ­diferencia. «Desde el último cuarto del siglo XIX -apunta Casassas-, el catalanismo ha tenido una presencia y una repercusión pública y política que sobrepasa con mucho su potencial estricto. Es evidente que, por su naturaleza, el catalanismo se alimenta también de la fuerza magnificadora que le confieren sus enemigos y contradictores». Si dudan, piensen que lo que menos quieren los poderes del Estado es que haya 30 o más diputados catalanes que hablen en Madrid con una sola voz.

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