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Francesc-Marc Álvaro | Tenir vida pròpia
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12 feb 2016 Tenir vida pròpia

A raíz de los últimos incidentes en cercanías de Renfe en Catalunya, provocados por un incendio en una estación fantasma de Barcelona, el conseller del ramo, Josep Rull, ha declarado que “Adif tiene vida propia” y ha añadido que eso no es sólo una impresión subjetiva, sino un mensaje que a menudo le repiten desde el Ministerio de Fomento, del que cuelga esta empresa pública, que es la administradora y responsable de las vías, de las estaciones y de todas las infraestructuras ferroviarias. En este caso, tener vida propia significa que Adif hace lo que le viene en gana. Adif es un Estado dentro del Estado, sugiere alguien. No: Adif es el Estado por encima de los gobiernos y los ciudadanos, la quintaesencia del poder fuertísimo de los técnicos convertidos en funcionarios eternos, los que deciden con una lógica que se escapa a la de los simples contribuyentes.

El presidente de Adif, Gonzalo Ferre, salió responsabilizando del incidente a los Mossos. Su actitud no era precisamente la de quien es consciente de estar al frente de una empresa de la que los ciudadanos somos princi­pales accionistas. Su tono y su ademán recordaban el del señorito malhumorado porque le han despertado de la siesta antes de tiempo. Su estilo prepotente lo han sufrido de cerca los que han debido reunirse con él para so­lucionar problemas que afectan a ­mucha gente. Ferre, colocado en esta silla por el PP y conocedor de las puertas giratorias, habla y se mueve como el dueño todopoderoso de Adif. La sensación de impunidad que regala disponer de un organismo con vida propia le aumenta la tendencia natural a tratar a los otros como súbditos miserables.

A partir de ahora, cada vez que viaje en tren, pensaré en esta vida propia de Adif, como si fuera una especie de Alien que nos persigue y pretende robarnos el tiempo y comernos la moral mediante una combinación de menosprecio, inoperancia, incompetencia, ineficacia, irresponsabilidad, falta de respeto y estulticia. Adif es un monstruo descontrolado que se mea en la boca de los consellers y hace el sordo a los requerimientos de la ministra. También pensaré en Ferre y en la necesidad de que la política (vieja o nueva) nos proteja del retorno del hombre de las cavernas. La perspectiva me gusta: hasta ahora, cuando me encontraba en medio de una incidencia ferroviaria, sólo pensaba en la falta escandalosa de inversiones del Gobierno y en la poca consideración de Renfe (que también cuelga del Estado) hacia los clientes o usuarios. El cambio narrativo es interesante, pasamos del cuento gótico a la ciencia ficción.

La cara del conseller Rull explicando que Adif tiene vida propia muestra los límites de una gestión que depende –más de lo que se nos dice– de la pura arbitrariedad. La vida propia de este monstruo es nuestra enfermedad co­tidiana.

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