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Francesc-Marc Álvaro | Nació lliure de casinos
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18 feb Nació lliure de casinos

El proyecto de negocio turístico y de ocio conocido como BCN World tiene todos los puntos para impulsar el gran debate que la sociedad catalana necesita para ahorrarse la visita al psicólogo o para acabar de ponerse en manos del psiquiatra. La escena es interesante: el Govern discute si la consulta sobre la cuestión se hará en toda Catalunya o sólo en las comarcas concernidas, la CUP cabila si se limitará a protestar o pondrá en peligro la mayoría parlamentaria, las autoridades locales de la Costa Daurada se ponen nerviosas y los inversores extranjeros hacen saber que no esperarán eternamente. ¿De qué hablamos cuando hablamos de BCN World? De muchas cosas a la vez y de nada. Y, sobre todo, de la nostalgia de ser el país perfecto que nunca hemos sido, la nación que quiere dar lecciones al mundo pero tiene un escaso sentido de Estado, a pesar de contar con un movimiento independentista que marca toda la política española.

La realidad es que la discusión política sobre el proyecto de BCN World está condicionada por una mirada moralizante que se afana por imponerse como única perspectiva a considerar. Según este punto de vista, abrir nuevos casinos ensuciaría nuestra imagen colectiva y nos proyectaría internacionalmente de un modo que no nos gusta. Hay líderes políticos, sociales y mediáticos que consideran que el gran problema es incentivar lo que algunas creencias tildan de vicio o pecado. La administración no puede crear riqueza –es el argumento- a partir de la explotación de las bajas pulsiones que provoca el universo turbio del juego. Los casinos son lugares de perdición y es inadecuado que un gobierno favorezca su implantación. Este es el encuadre simple de un debate que, tal como se propone, parece más digno de teólogos que de representantes democráticos.

No discuto el derecho a decir que el juego es un negocio que nos condenará al fuego eterno. También hay quien afirma que existen los extraterrestres. Las creencias son libres. Lo que me preocupa es la mecánica profunda de una sociedad donde este tipo de prejuicios intoxican decisiones políticas de gran envergadura y ocultan la conversación sobre muchos otros aspectos, verdaderamente importantes. Si la guía de las decisiones del Govern debe ser la moral particular –no hay un consenso universal sobre el juego-, sólo tenemos dos salidas: no hacer nunca nada (para evitar la complicidad con una u otra forma de supuesta inmoralidad) o mandar de acuerdo con las reglas estrictas de nuestro Dios (como pasa en varios países donde la norma religiosa es elevada a ley del Estado). Es la muerte de la política. Es la apoteosis de la antipolítica.

Entiendo que la CUP haga bandera de su oposición frontal a BCN World, es coherente con una opción que no tiene como prioridad gobernar sino la redención de la humanidad: cambiar el sistema en su conjunto y parir al hombre (y la mujer) nuevo. En la utopía de la CUP, el jugador no existirá porque todo el mundo será feliz. Liberados de toda forma de dominación, no necesitaremos la ruleta. Los cuperos pueden pensar eso porque su eje rector es la pureza de los principios no la gestión de la complejidad. El resto de fuerzas, en cambio, deberían huir de este relato y recordar que se dirigen a los mortales.

A menudo, para ocultar este prejuicio hipermoralizante, los detractores de BCN World se esconden detrás de una expresión: el modelo de país. ¿Qué modelo de país queremos? ¿Queremos una economía de casino o un crecimiento basado en el conocimiento, la alta tecnología, la investigación de vanguardia? La dicotomía es falsa, obviamente. Disponer de una fuente de ingresos tan importante como el turismo (de masas, de convenciones, familiar, cultural o deportivo) no nos impide potenciar actividades de alto valor añadido como la biomedicina, la biotecnología, el diseño, los videojuegos, las telecomunicaciones, etc. Si se trata de analizar a fondo lo que representa BCN World para la economía catalana, soy partidario, por ejemplo, de centrar el debate en el tipo de turismo que nos conviene a largo plazo. Estoy con Miquel Puig cuando afirma que los salarios altos generan un turismo bueno mientras los salarios bajos provocan problemas de difícil control. ¿Por qué no hablamos de eso? Todo el mundo –partidarios y contrarios- debería abordar con rigor qué puestos de trabajo necesitamos. Eso me parece tan importante como el impacto medioambiental.

Catalunya es el país donde la gente votaba a Pujol pero lloraba por la muerte de mosén Xirinacs, la nación que asume los valores del tendero pero adora a David Fernández, el planeta donde nadie quiere ser de derechas pero la propiedad privada es más sagrada que la Moreneta. Ahora toca decir que los casinos nos dan asco pero nosotros nos jugamos miles de millones de euros en todo tipo de loterías (también por internet), con o sin coartada social. Ahora somos reticentes al turismo de convenciones pero nadie osa criticar –por ejemplo- los excesos económicos, los trapicheos legales y las fracturas éticas del fútbol espectáculo y sus derivados. Somos una tribu extraña.

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