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Francesc-Marc Álvaro | Reality de Trump o d’Iglesias
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19 feb Reality de Trump o d’Iglesias

Barack Obama ha metido baza en las primarias de los republicanos para decir que Donald Trump –el peculiar aspirante de la derecha más demagógica y populista– no será presidente. Para defender su tesis, el actual inquilino de la Casa Blanca ha expresado que tiene “mucha confianza en el pueblo americano” y ha remachado el clavo con una reflexión que semeja el descubrimiento de la sopa de ajo pero no lo es: “Ser presidente es un trabajo serio; esto no es presentar un talk show o un reality show”. La advertencia del mandatario de la primera potencia puede ser de provecho para otros, por ejemplo algunos que intentan –¿lo pretenden de veras?– formar un nuevo gobierno en España, una función de teatro que cada día hace homenajes involuntarios a Valle-Inclán, Muñoz Seca, Miguel Mihura, Alfonso Paso, Fernando Arrabal y La Cubana.

Obama es injusto con los colegas de los medios audiovisuales, todo trabajo tiene su dificultad, claro. Pero entendemos que su frase no quiere despreciar a los periodistas, sino ponernos en guardia ante personajes que confunden estar en un plató con tomar decisiones sobre el interés general. En España, Iglesias y Rivera son criaturas televisivas y eso determina mucho toda su manera de hacer, hasta límites caricaturescos. Los golpes de efecto del líder de Podemos están pensados al milímetro como si fueran escenas de una teleserie de acción tipo 24, donde Jack Bauer tiene a todo el mundo en contra pero siempre vence porque es el más listo. Las apariciones del líder de C’s son tan prefabricadas que el espectador puede apreciar los recosidos del guionista y la marca del exceso de ensayo. En el caso de Iglesias, hablamos de un candidato que tenía, incluso, un programa propio de televisión.

Ser presidente no es presentar un reality show, Obama tiene razón. Hace muchos años, cuando todavía no había caído en desgracia, Jordi Pujol vino a decir lo mismo, durante la presentación de un volumen de sus Memorias: “La política no es una tertulia”. Quien habla en las tertulias de radio y tele vive en un mundo de conceptos y palabras, relativamente confortable al lado del mundo tozudo de los hechos. Pasar de una dimensión a otra obliga a sumergirse en el agua helada de la responsabilidad: el político asume una responsabilidad que nadie más adquiere en la forma que él lo hace. Pensaba en todo esto cuando el amigo Toni Comín fue nombrado conseller de Salut. Cuando él y yo coincidíamos en RAC1, moderados por Basté, Comín podía decir cosas que ahora debe callar, he ahí la gran diferencia.

Visto el espectáculo de Madrid, ­tengo la impresión de que Iglesias y Rivera querrían vivir siempre en el mundo elástico y cómodo de las tertulias y las entrevistas a medida, como promesas eternas de un cambio que es maravilloso porque nunca acaba de concretarse.

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