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Francesc-Marc Álvaro | L’esperit i el fantasma
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25 feb L’esperit i el fantasma

Varias entidades empresariales de las Españas –entre las que está el  Cercle d’Economia- han escrito y difundido una declaración “por un gobierno estable” que, en su primer párrafo, demanda “recuperar el espíritu de consenso que presidió la Transición hace cuarenta años”. Estos prohombres escriben Transición con mayúscula, como quien antes escribía Purísima Concepción, para subrayar que transición sólo hay una y las otras –sean segundas o terceras- son sólo imitaciones. Los próceres de la cosa empresarial han dado a conocer sus cavilaciones el mismo día –el martes- que se cumplían treinta y cinco años del intento de golpe de Estado del 23-F. Hay casualidades que las arma el diablo y las desarma la desmemoria. Los buenos patricios quieren influir en la danza invisible de Sánchez y Rivera, pero eligen mal la fecha: junto al espíritu del loado consenso aparece el fantasma de la involución arrastrando tricornio y metralleta.

Preguntando se va a Roma, decía la abuela. ¿Fue realmente el consenso lo que presidió la transición? ¿O fue el espíritu de la supervivencia más primaria? ¿O el espíritu de la anestesia? ¿O el espíritu santo de la sociedad de consumo de masas que casaba mal con el Movimiento? Una cosa es que algún político de hoy aspire a imitar la efigie de Adolfo Suárez y otra –muy distinta- es que compremos los fascículos de Cuéntame sin leer los pies de foto y sin derecho a repreguntar. El consenso fue palabra fetiche y ahí quedó, como los objetos perdidos de los alpinistas que ascienden al Everest. Diríase que, para los de UCD, el consenso fue una forma amable de designar el cúmulo de desconfianzas, fintas y aproximaciones que debían dibujar el perímetro frágil de la reforma política, esa no-ruptura democrática que desembocó en la Constitución del 78. Además, consenso era una manera de prescindir de otra palabra –vintage o camp, como se decía entonces- que algunos añoraban: “concordia”. Ese vocablo era demasiado catalán, demasiado solemne y demasiado de Cambó. Consenso era, en suma, la forma perfecta de ocultar que la transición también tuvo sus muchos muertos (más de 591 entre 1975 y 1983 por violencia política de todo signo, según las investigaciones de Mariano Sánchez), pero evitó una nueva guerra civil. Los telediarios mostraban atentado tras atentado pero el consenso parecía de duralex. Y los payasos de la tele iban cantando.

No puede recuperarse el espíritu del consenso de ayer sin que aparezca el fantasma de la democracia orgánica que se añoraba a sí misma, ese espectro que asomaba desde el Exin Castillos del bunker y que, luego, cuando lo de Tejero, trató de volver con guiño posmoderno digno de Umberto Eco. Entre el espíritu de las navidades centristas y el monstruo de la nostalgia cuartelera, quedó poco espacio para la creatividad. Uno de esos escasos momentos fue el retorno del president Tarradellas, brillante operación de Estado que trataba de matar dos pájaros de un tiro: restar protagonismo a las izquierdas triunfantes en Catalunya y dar respuesta controlada a la demanda de autonomía. Como un paracaidista de lujo, el viejo exiliado de Saint- Martin-le-Beau representó su papel en modo De Gaulle. Por su parte, Sánchez Terán, jefe astuto del Ministerio del Tiempo, abrió la puerta republicana que estaba maldita y bloqueada. Ese día –como la jornada que Carrillo abrazó la bandera rojigualda- el consenso pudo tocarse y olerse como pan Bimbo sin corteza.

A pesar del éxito que supuso para Suárez la restauración de la Generalitat por real decreto y el nombramiento de Tarradellas como continuador de una legitimidad que Franco había liquidado, no tardaron en surgir voces críticas con la única jugada de la transición en la que la República regresa con honores de Estado. Leopoldo Calvo Sotelo, el breve presidente que sucedió a Suárez, escribió en Memoria viva de la transición que “el problema catalán se abordó desde el principio lealmente –aunque quizá también confusamente- con el nombramiento de Tarradellas, con el Estatuto y en la Constitución”. ¿Fue confusión no esperar a tener un texto constitucional para reconocer la existencia del pueblo/demos catalán? Para Calvo Sotelo la pregunta importante era otra: “¿Ha recibido la transición política todo el concurso que cabe esperar de Catalunya?” Eso sí era victimismo.

La operación Tarradellas fue un gol del Estado a la Catalunya izquierdista y nacionalista, pero se ha convertido -con el paso de los lustros- en un poderoso argumento para el soberanismo: la nación catalana no surge del pacto del 78, es una realidad previa a la Carta Magna. El ejército aceptó el mal menor y cambió la frase del otro Calvo Sotelo: «antes autonómica que roja». Fue una primavera árabe. El historiador Agustí Colomines sostiene que “esa pequeña gran ruptura todavía inquieta a la política española y es la fuente de la crisis política e institucional que preside las relaciones entre Catalunya y España”. Antes era el bunker, ahora es el Ibex 35. Por cierto, las diputaciones vascas nos la va a tocar ni Dios, señal de que todavía hay clases.

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