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Francesc-Marc Álvaro | Violència i pressupostos
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30 may 2016 Violència i pressupostos

Una gran diferencia entre el momento de los disturbios de Can Vies y el momento actual de los graves sucesos en Gràcia por el desalojo del llamado Banc Expropiat es el color de las instituciones. Hoy, la alcaldía de Barcelona está en manos de los comunes de Ada Colau (con el PSC de muleta) y el Govern está en manos de una alianza (con fecha de caducidad) CDC-ERC que, a su vez, depende de la CUP para aprobarlo todo, empezando por los presupuestos. En 2014, ambos ámbitos eran gobernados en minoría por CiU.

El conflicto de Can Vies puso el foco sobre el alcalde convergente y la conselleria de Interior y ahora, como si no hubiera cambiado nada, el conflicto del Banc Expropiat vuelve a poner el foco sobre la policía autonómica y sobre Trias, por su discutible gestión durante la etapa anterior, mientras Colau esquiva sus responsabilidades con un cinismo digno de la más vieja de las políticas. Los comunes, de esta manera, tratan de ocultar (como siempre hacía ICV en el Ayuntamiento) la contradicción insalvable entre mimar al sector más duro de su parroquia y representar un papel institucional.

La CUP –que no tiene la vocación reformista de Colau- da amparo argumental sin manías a las manifestaciones violentas -«autodefensa” según los anti-sistema- mientras el Govern Puigdemont fabrica silencios espesos sólo rotos por las declaraciones del conseller Jané, máximo responsable político de mantener el orden público. Es la misma CUP que tiene un concejal manifestándose en primera línea y la misma CUP que emite antisemitismo rancio contra un ciudadano catalán judío invitado al Parlament. Y la misma CUP que hace una enmienda a la totalidad de los presupuestos que Junqueras ha preparado pensando, sobre todo, en contentar a los que hablan siempre de desobedecer. Hay que añadir que la postal descrita lleva un barniz altamente tóxico: la simetría que ciertos sectores hacen (o aceptan pasivamente) entre la fuerza legítima de los Mossos y la violencia de los gamberros; en este sentido, es obvio que la reciente y polémica sentencia sobre el caso Quintana alimentará los discursos negativos sobre un cuerpo policial que, en general, realiza bien sus tareas.

La conclusión de esta semana es muy pesimista y ya la intuíamos antes del 27-S, cuando la CUP caía tan bien a muchos votantes que son tan anticapitalistas como yo eremita: si el proyecto de la independencia depende de un grupo maximalista, purista, alérgico a las instituciones y sin ningún sentido de Estado, Madrid no debe preocuparse. Por eso fue un error enorme la declaración del 9 de noviembre posterior a las plebiscitarias, como lo fue confiar en que los cuperos serían un socio fiable de Junts pel Sí. Los encapuchados que juegan a la guerrilla y los diputados que justifican este festival nihilista son la herramienta más eficaz para frenar una Catalunya independiente.

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