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Francesc-Marc Álvaro | Els pèls del president
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15 jul 2016 Els pèls del president

Me gusta mucho la última historia que sale del palacio del Elíseo: el peluquero de François Hollande cobra 9.895 euros al mes por mantener presentables los cuatro pelos de la cabeza del presidente de la República, que son –obviamente– un asunto de Estado además de ser un asunto –perdonen el chiste malo– extremadamente peliagudo. El salario del estilista ha generado polémica y la respuesta oficial es que monsieur Benhamou –este es el apellido del profesional que cuida del cabello presidencial– debe dedicar muchas horas a mantener en orden la primera cabeza del país y –además– no tiene sustituto. Explicada así, la misión del peluquero es tan estresante, delicada e intensa que alguien puede pensar que debería estar mejor pagado. La presidencia también cuenta con una maquilladora, a 6.000 euros mensuales, lo cual confirma que el gran problema de los líderes es el cabello –o su ausencia– más que el rostro. No tienen más que preguntarlo al president Carles Puigdemont, sin ir muy lejos.

La mayoría de mandatarios destacados tienen estilistas a su servicio. Todavía recuerdo el nombre de algún ilustre peluquero del president Pujol, quien no tenía –al acceder al cargo en 1980– mucho más cabello que Hollande. Y recuerdo perfectamente que un ministro de Aznar se hacía acompañar a menudo de un experto en maquillaje para que sus intervenciones ante las cámaras –también las que se hacen a pie de calle improvisadamente– tuvieran el aire perfecto que él deseaba. En la sociedad de la transparencia –o de lo que pase por serlo– conocer el coste de peluqueros y maquilladores del líder de turno es una forma sen­cilla de exorcismo civil que permite desviar la atención. Si hablamos del estilista, no hablaremos de otras cosas.

De esta peripecia hay un detalle que me interesa más que nada: dicen las crónicas que algunos consejeros del presidente de la República se han quejado porque cobran menos que el peluquero. Acabáramos: lo contrario habría desmentido el espíritu de nuestro tiempo. El dentro y el fuera, para decirlo como en Barrio Sésamo. Los que tienen que poner ideas y conceptos en la cabeza de Hollande son menos importantes –obviamente– que el hombre encargado de peinarla. Por eso los dirigentes de los partidos –en general– pagan muy bien el diseño de logotipos, carteles y spots mientras todavía piensan que las ideas no valen mucho; un simple vistazo a los programas electorales –a menudo redactados de cualquier modo– indica la escasa importancia que muchos políticos dan al contenido, siempre por detrás del continente.

Los consejeros de Hollande no deberían sorprenderse ni enfadarse. Entre un asesor en la materia que sea y el peluquero presidencial hay una distancia insalvable: el segundo es quien tiene el poder de mostrar, esconder y tunear el alma del prestidigitador.

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