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Francesc-Marc Álvaro | Accents amb padrí
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28 oct Accents amb padrí

He descubierto que los acentos diacríticos, como las personas, pueden tener padrino. Y al que tiene padrinos lo bautizan, como reza el refrán. Resulta que el Institut d’Estudis Catalans ha reducido drásticamente la larga lista de acentos diacríticos del catalán (que son los que ponemos para distinguir dos palabras que suenan igual pero designan cosas diferentes) a sólo catorce, tarea que –por cierto– glosó aquí el amigo Màrius Serra, miembro de esta docta institución. Sin embargo, finalmente, la lista se ha ampliado a quince, porque un organismo con cierto poder se lo ha pedido a las autoridades filológicas y estas –en un gesto de flexibilidad que los siglos recordarán– han accedido a indultar un diacrítico que ya estaba en el corredor de la muerte.

El Institut Català del Sòl (Incasòl), que depende del Departament de Territori i Sostenibilitat, se movió rápidamente y lo logró. Era necesario salvar “el sòl” como fuera. En catalán, el suelo es el sòl, no el astro rey. Imagino que Damià Calvet –el director de esta entidad pública– pensó que quizás alguien podría confundir un futuro Incasol –sin acento– con el servicio dedicado al estudio y exploración del espacio sideral, una especie de NASA creada –como diría Vargas Llosa– por “un paisito muy menor, muy marginal y gobernado por fanáticos” que quieren tener lo que tiene cualquier Estado. Calvet y su equipo –gente ordenada– vieron venir el problema y evitaron el error. Los funcionarios de un Incasol sin acentuar serían tomados por presuntos astrónomos, físicos, astrofísicos y químicos en vez de ser identificados como lo que son de verdad: geólogos, geógrafos, topógrafos, ingenieros de caminos, urbanistas y arquitectos. Los filólogos han escuchado a los ingenieros, lo cual es un homenaje involuntario a Pompeu Fabra, que era ingeniero industrial, además de ser el gran modernizador del idioma de los catalanes.

Más de cien acentos diacríticos no han tenido la suerte del que nos permite distinguir el sòl que pisamos (y que tan caro pagamos) del sol que nos ilumina y que todavía –¿por cuánto tiempo?– es gratis. No todos los diacríticos tenían al lado un grupo de ­políticos y funcionarios entregados en cuerpo y alma a su conservación. Por ejemplo, el Institut Català de la Vinya i el Vi (Incavi) no ha sido tan diligente y ha dejado que le maten el acento que distinguía las bótes de vino de las botes que calzamos. Es una des­gracia. Lo digo como indígena del Penedès y como consumidor de vinos y cavas.

Por lo demás, el debate sobre los diacríticos no me quita el sueño, aunque me fascina porque me confirma que dentro de cada catalán hay -inexorablemente– un filólogo y/o sociolingüista, además de un entrenador del Barça, un técnico de incendios forestales, un pedagogo especializado en deberes y un analista policial.

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