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Francesc-Marc Álvaro | L’ham de la desobediència
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07 nov 2016 L’ham de la desobediència

Es extremadamente revelador que el último episodio del proceso, protagonizado por la alcaldesa de Berga, haya derivado en acusaciones sobre el papel de los Mossos, pitadas a Turull, recriminaciones al Govern Puigdemont y declaraciones de Marta Rovira que pretendían elogiar la desobediencia a la vez que daban tranquilidad a los funcionarios que votan ERC. Si yo fuera un alto cargo de Madrid dedicado a frenar el movimiento independentista, hoy sería feliz. Porque la desobediencia se ha convertido en el centro del debate entre soberanistas, hasta un punto delirante que recuerda las viejas discusiones sobre “hacer la guerra o hacer la revolución” que ayudaron tanto a Franco a aplastar a los republicanos. Los políticos y dirigentes sociales partidarios de la Catalunya independiente han picado el anzuelo de una manera tan cándida como inflamada de retórica: en vez de hablar de la unidad estratégica y de ejercerla, se habla obsesivamente de la desobediencia, como si el método fuera el objetivo.

Hace más de un año que repito que el independentismo catalán no tiene un mando claro y unificado. Las causas son sabidas. Una de las consecuencias de este hecho lamentable es la generación imparable de constantes discordias internas que debilitan una causa que, en cambio, tiene un apoyo social de una importancia indiscutible. Mientras, el Estado y los partidarios de impedir un referéndum vinculante de estilo escocés

La infección conceptual es grave y permite que en ella mojen pan desde los comentaristas del “pit i collons” (fascinados puerilmente por el rufianismo) hasta los dirigentes de los comunes, estos para hurgar en las contradicciones del bloque independentista. Detrás de esta polvareda no hay –como dicen algunos– las ganas de preparar seriamente una eventual respuesta “en la calle”, sino la manía idiota de medir cada día quien es más independentista y más valiente, para poder decir –está cantado– que los convergentes son sospechosos de dar marcha atrás, que ya se sabe que Mas y los otros organizaron una comedia y bla, bla, bla. Suerte que la consellera Munté asiste contenta a los actos de Òmnium sobre las presuntas “lluites compartides”, donde el PDECat se hace perdonar por los que dan certificados de autenticidad; lástima que, en estos ejercicios espirituales, el centro soberanista ponga de manifiesto que no quiere tener ninguna idea propia.

La cuestión de fondo no es la desobediencia sino el papel de la fuerza (la violencia, según Arendt) y sus costes colectivos y personales. Los partidos y las entidades independentistas no hablan nunca de ello, porque da pereza y rompería el mito de un proceso alegre, rápido y fácil. Y obligaría a mostrar una dosis más alta de verdad y de inteligencia de la que muchos quieren soportar.

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