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Francesc-Marc Álvaro | El dia que s’agrada
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14 nov 2016 El dia que s’agrada

El independentismo volvió a demostrar ayer en Barcelona tres cosas: sigue teniendo una capacidad de movilización envidiable, más que cualquier otro movimiento en Catalunya; su base supera con trabajo y voluntarismo cualquier desconcierto generado por las disputas partidistas; y se mueve de forma reactiva ante la presión de los poderes del Estado, poniendo el foco sobre la necesidad de un canal democrático para resolver lo que ahora es desviado al canal judicial. En concentraciones así, es cuando el independentismo se gusta y cuando disfruta de la atención de los medios internacionales. También es cuando queda más claro que la desafección catalana es un dato de proporciones históricas que PP y PSOE han despreciado de manera muy poco inteligente.

Mas y la alcaldesa Montse Venturós son las dos metáforas de lo que la gente salió a defender ayer: los cargos elegidos por el pueblo que son perseguidos por el Estado a partir de la criminalización de una idea. Mas y Venturós representan universos diferentes, incluso antagónicos, pero han quedado unidos por dos factores muy fuertes: la represión sistemática de Madrid y la transversalidad de base de un movimiento pacífico que no tiene ningún equivalente hoy por hoy en Europa occidental. Si Madrid fuera Londres, la respuesta habría sido votar en un referéndum vinculante y pactado. Y el PP y el PSOE se habrían dedicado a hacer campaña para seducir a los independentistas y para convencerlos de que su continuidad en España es una gran oportunidad. Lo que hay es la amenaza diaria y el insulto sistemático.

Dicho esto, el acto de ayer tapa, con su éxito, el gran problema de fondo del independentismo: necesita más tiempo y más músculo (más apoyo social) para obligar a Madrid a negociar. Comparto la opinión del profesor Andrew Dowling, según el cual “la época mágica del independentismo se acabó la noche del 27 de septiembre del 2015, más o menos”. Hay que escuchar a este estudioso, entrevistado por los colegas de El Punt Avui, cuando explica que “la manera de vender los resultados del 27-S tendría que haber sido: ‘hemos ganado, hemos tenido un resultado buenísimo para el independentismo, hemos tenido más votos que nunca, pero no hemos superado el 50%. Formaremos un gobierno y dentro de dos o tres años convenceremos un 10% más de la población que el independentismo es la solución a sus problemas’. Con el 48% de la población, sin apoyo internacional, con un Estado en contra, es imposible”. Imposible es una palabra quizás excesiva, pero esta tesis debe ser considerada seriamente. Por cierto, me gusta que eso lo exponga un extranjero, puede que le hagan más caso que a los indígenas que avisamos de ciertas debilidades.

La persecución judicial moviliza a los convencidos, pero no amplía el número de partidarios de la causa. El independentismo deberá retocar su relato, más tarde o más temprano.

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