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Francesc-Marc Álvaro | L’experiència del nen
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18 nov 2016 L’experiència del nen

Imma Monsó, colega en estas páginas, hablaba ayer de la campaña delirante que algunas entidades hacen contra los deberes escolares y escribía un muy oportuno elogio del aprendizaje memorístico, gracias al cual –los que tenemos cierta edad– no debemos acudir constantemente a Google y a la Wikipedia para comprender lo que nos rodea. Los partidarios del Planeta Piruleta –en afortunada expresión de Monsó– abogan por una escuela sin deberes ni ejercicios repetitivos y mecánicos. ¿Por qué lo hacen? Esta buena gente piensa –quizás– que la cultura del esfuerzo es una estrategia reaccionaria y antigua, promovida por el capitalismo para dominar de manera cruel las crías humanas. ¿Seguro? Eso es demasiado caricaturesco. Ensayo otra posible respuesta, si me lo permiten.

Los deberes molestan porque nos recuerdan que la vida es –muy a menudo– aburrida. Aprender –incluso lo que nos apasiona– tiene momentos aburridos. Por ejemplo, cualquiera que haya querido estudiar bien una lengua sabe que –inevitablemente– hay ratos en que el objetivo obliga a pasar por ejercicios y memorizaciones tediosas; ningún método milagroso nos ahorra estas rutinas más o menos pesadas, aunque se disfracen de una u otra manera, como quien esconde la verdura en medio de los macarrones del menú infantil. Otro ejemplo: incluso en los oficios más vocacionales hay tareas y horas de aburrimiento, no siempre todo es intenso y apasionante. Pregunten a cualquier artista o a cualquier deportista de élite. El aburrimiento, la repetición, la rutina, las tardes eternas, los días grises, todo eso forma parte de la vida y del trabajo, incluso del más creativo y libre; no digamos si te toca fichar en una oficina o una fábrica. Aburrirse, algunos ratos, forma parte de este negocio que es ­vivir. ¿Por qué debería eliminarse completamente de la escuela esta dimensión?

Los padres contrarios a los deberes quieren evitar que los chiquillos se aburran. Es mi hipótesis. Es una ideología típica de este capitalismo de consumo hipertrófico: ahora no hay productos ni servicios, todo son “experiencias”, desde un helado hasta un viaje de fin de semana, pasando por la compra de unos calcetines o apuntarse a un gimnasio. Si dices que un objeto o una mercancía es “una experiencia” estás sugiriendo una vivencia ­plena, que es lo contrario del aburrimiento. En vez de decir “fui a tomar unas copas con los amigos al bar de la plaza” diremos “tuve una experiencia de maridajes en un espacio de kilómetro 0”. La neolengua nos infecta. La gilipollez es imparable.

La escuela debe ser una gran experiencia, no puede ser un rollo. Los ­maestros no pueden obligar a sus alumnos a dedicar un rato cada noche a un cuaderno de ejercicios, que parecen todos iguales. Al final, tú, padre o madre, tampoco quieres aburrirte mucho cuando te toca ayudar a tu nene.

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