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Francesc-Marc Álvaro | That’s cagatió
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09 dic 2016 That’s cagatió

La tradición catalana del tronco navideño ha dado el primer paso para convertir-se en global quizás dentro de pocos años. La actriz Kate McKinnon ha explicado esta costumbre en el programa nocturno que conduce Seth Meyers en la cadena norteamericana NBC e, incluso, se ha atrevido a enseñar –con notable entusiasmo– una de las canciones que los niños cantan cuando golpean el leño, en traducción literal al inglés. En medio de la sorpresa y las carcajadas del presentador y del público, McKinnon ha dicho que esta tradición podría ser adoptada en Estados Unidos y ha confesado que ella ya estaba preparando su tió para esta Navidad. La actriz se ha referido en todo momento al “cagatió” y no al “tió”. Al verlo, he pensado que la tendencia a deformar el nombre de la cosa entre nosotros será irreversible, porque ya hay medio mundo que está convencido de que los catalanes somos gentes escatológicas que celebramos “el cagatió”. La palabra tió –para hablar del objeto y de la fiesta– está en retroceso y sólo quedará intacto en el Costumari de Amades.

Mientras espero que Magí Camps, Màrius Serra y otros cracks de las lenguas se pronuncien, me pregunto cuándo empezó esta sustitución. Cuando yo era pequeño, nadie decía “hemos celebrado el cagatió”. Nadie. Se hablaba de “celebramos el tió en casa de la abuela” o “el tió ha cagado cuando han llegado los primos”. Puede parecer que el origen de todo está en las canciones que repiten aquello de “caga tió…”. El tronco mágico y generoso ya no es el tió sino el cagatió. ¿Quién tiene la culpa, la escuela o la televisión? Lo digo para mencionar a los sospechosos habituales.

Por otra parte, cuando servidor era chaval tampoco se estilaba mucho eso de ponerle cara y barretina al tió. Recuerdo que el tronco que nos cagaba en casa era un tió sin ningún rasgo humano, un leño pequeño y sencillo que descansaba en un rincón del comedor sin molestar y sin llamar la atención. No tenía pretensiones ni aspiraciones de mascota, ni de muñeco, ni de hermano pequeño. Era un tió que no se disfrazaba de nada. Bastante trabajo tenía en comer durante unos días para poder soportar los golpes y cagar los regalos con esa alegría. También era una época en que las tiendas y grandes almacenes no ponían ningún tió en los escaparates, ni los ayuntamientos tampoco llenaban las calles de tions. El tió era un ser de los hogares de la gente, y no había necesidad de humanizarlo ni de sacarlo a pasear. Será por eso por lo que los troncos con ojos, boca y barretina –que ahora son todos– me provocan una sensación extraña. Diría que todos opositan a caganer del pesebre.

Kate McKinnon todavía no lo sabe, pero acaba de poner los fundamentos de un gran negocio: el cagatió global. Pasará igual que con el Halloween: nació en Irlanda pero los americanos lo han convertido en oro.

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