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Francesc-Marc Álvaro | És la gent
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26 ene 2017 És la gent

Trump odia a los periodistas y hace bandera de ello y, paradójicamente, muchos de los que critican al nuevo presidente por su fobia contra los medios sólo aceptan el periodismo cuando coincide con sus valores e intereses, lo cual me recuerda a los que se cargan las tertulias de radio y televisión hasta el día en que les invitan a participar en ellas. La aparición de un personaje tan nefasto como Trump tiene la virtud de mostrar la similitud entre todos los que –viniendo de la derecha o la izquierda– exhiben superioridad moral y aspiran a borrar del debate público a todo el mundo que discrepe de sus dogmas, explicados –claro– como hechos irrefutables. Hace pocos días, escribíamos que el éxito de los populismos políticos no se puede desvincular “de las poco o muy sutiles formas de populismo social y cultural que vamos adoptando sin darnos cuenta”. Vale la pena hablar de ello.

El populista siempre es alguien que hace campaña, pero no está solo. Nosotros –en nuestra vida privada– abrazamos a menudo visiones y comportamientos que responden a la misma triple idea tramposa que radica en el corazón de todos los populistas: el pueblo tiene razón por el mero hecho de serlo; los problemas colectivos tienen solución fácil; y cualquier mediación es una forma de postergar “los intereses reales de la gente”. Detengámonos en este punto, sobre el cual se tiende a pasar de puntillas.

La democracia representativa es una mediación a gran escala para gestionar el interés general y establecer las políticas que tienen que incidir en la sociedad. Los populistas de derechas, como Trump, atacan a los políticos profesionales y los funcionarios porque quieren crear la ilusión de un poder liberado de toda burocracia, y conectado directamente con el votante; el discurso inaugural de Trump tenía en esta tesis uno de sus ejes básicos. Mientras, los populistas de izquierdas prometen una “democracia real” (directa, participativa, movilizada) que pueda desplazar y relegar el papel de los parlamentos y de los legisladores en beneficio de una dinámica supuestamente asamblearia más “auténtica” y más “fiel” a las demandas de la gente. Todos los populistas identifican su ascenso al poder con la llegada de la gente “finalmente” a las instituciones, como si sus predecesores no hubieran sido votados por nadie. Lo hemos visto ahora con Trump y lo vimos cuando Ada Colau tomó posesión de la alcaldía.

La crisis de la mediación democrática tiene relación con la sustitución del término ciudadanos por el término gente (los de abajo, la multitud, etcétera) como sujeto central del relato. Los populistas siempre hablan de la gente, palabra que sugiere proximidad y empatía, y la vaguedad necesaria para incluir a todos los que –por una cosa u otra– se sienten olvidados, despreciados y perjudicados por las políticas de los partidos tradicionales y la complejidad de unas estructuras que son poco permeables a las reformas. El antagonista de la gente es el establishment o la casta, categorías que incluyen o excluyen actores de manera arbitraria según conviene. Por ejemplo, el PSC era casta hasta que fue necesario para asegurar la gobernabilidad en el Ayuntamiento de Barcelona.

La crisis de la mediación democrática no se acabaría de entender sin la crisis de la mediación periodística. El crecimiento de internet y la multiplicación de las redes sociales han acelerado la pérdida de peso del periodismo como mediador acreditado en la configuración de la opinión pública. Determinadas formas de pseudoperiodismo también han contribuido a ello desde dentro, cuando han olvidado su compromiso básico con la realidad y el público. En este contexto, los populistas han entendido que los políticos ya no dependen de los medios y han elaborado estrategias para llegar a la gente/audiencia sin intermediarios, aunque también han sabido dar espectáculo para captar la atención de las cadenas convencionales. Fíjense: Trump y Pablo Iglesias manejan Twitter de manera excelente, pero su teatro electoral no sería lo mismo sin su presencia en televisión. La desaparición del mediador periodístico es una ilusión que ya conocimos hace muchas décadas, cuando irrumpió lo que se denominó “periodismo ciudadano”, creación norteamericana que se difundió por muchos países y que venía alimentada por la confusa idea de que una fuente periodística y un periodista son lo mismo. Ahora, cuando todos podemos ser receptores y emisores a la vez, esta confusión se ve reforzada. En este sentido, las preguntas-mitin de la gente (con ideas e intereses legítimos) a un político en prime time televisivo parecen un ritual imprescindible, no para saber nada nuevo, sino como prueba de resistencia de quien responde y como magnífico spot de supuesto pluralismo de la cadena que organiza el acontecimiento.

Los populistas avanzan porque todos damos por buenas varias de sus premisas, como la división del mundo entre buenos y malos, o la creencia de que los procesos de decisión sólo son válidos si pueden ser retransmitidos casi en directo, o la sospecha de que somos víctimas de una conspiración permanente.

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