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Francesc-Marc Álvaro | Sinceritat holandesa?
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24 mar Sinceritat holandesa?

Jeroen Dijsselbloem ha atribuido su salida a la sinceridad holandesa y la cultura calvinista. El presidente del Eurogrupo ha generado gran follón con las siguientes declaraciones en un diario alemán: “Los países del sur de Europa gastan el dinero en mujeres y alcohol y después piden ayuda”. Este político socialdemócrata holandés ha dicho que no piensa dimitir por sus expresiones, cree que se le ha malinterpretado y se ha disculpado con la boca pequeña, apelando a la sinceridad –que según él– distingue a la gente de los Países Bajos. Ha añadido que esta franqueza “no siempre es apreciada en otras partes de Europa”.

Es una broma que, para poder generalizar sobre los europeos meridionales, Dijsselbloem generalice también sobre sus compatriotas. Su disculpa peca de lo mismo que su ofensa: habría vicios y virtudes nacionales que explicarían cualquier fenómeno. Esto es tan rancio que resulta inaceptable en un político que no quiere ser considerado populista ni extremista. Porque hace décadas que sabemos que los problemas de los países tienen causas complejas y diversas, que no pueden ser explicados a partir de unos caracteres colectivos y perennes. Los ca­tálogos larguísimos de prejuicios en la cultura popular europea no legitiman ningún razonamiento que se pretenda serio.

El sur de Europa tiene unos problemas específicos pero no provienen de malgastar los recursos –supuestamente– en bebida y fiestas, como se constata si se piensa en los tejemanejes y averías institucionales en Grecia, Italia, Portugal y España, contextos ciertamente muy distintos. Otra cosa es que la simplificación y el exabrupto sean tácticas interesantes para cualquiera que pierde votos, caso del personaje que nos ocupa, que experimentó un fuerte retroceso en los últimos comicios holandeses. Porque la generalización y la utilización de los estereotipos más sobados ahorra pensar, estudiar y matizar, y vivimos tiempos donde hay prisa por juzgar sin reflexionar. Y no lo hacen sólo los populistas y los xenófobos, todos podemos ­caer en este error. Algunos que critican –con razón– a un dirigente de ultraderecha que trata de “delincuentes” a todos los inmigrantes pueden –en cambio– calificar de “pederastas” a todos los curas, sin darse cuenta de que (levantando otra bandera) hacen exactamente lo mismo que aquellos que tienen más lejos ideológicamente.

Todas las descalificaciones colectivas son intelectualmente pobres y políticamente peligrosas, se hable de quien se hable: extranjeros, mujeres, musulmanes, católicos, judíos, gais, andaluces, catalanes, motoristas, agricultores, sindicalistas, funcionarios o empresarios. Tengo unos amigos holandeses y puedo afirmar que ellos son la prueba más rotunda de que la peculiar sinceridad de Dijsselbloem no es –en ningún caso– un atributo colectivo. Afortunadamente.

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