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Francesc-Marc Álvaro | El editorial que no fue escuchado
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28 nov El editorial que no fue escuchado

Anteayer se cumplieron diez años del editorial conjunto que, bajo el título “La dignidad de Catalunya”, publi­caron una docena de diarios catalanes, entre ellos La Vanguardia , en previsión de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut del 2006, que llegó finalmente en julio del 2010. ¡Diez años! El tiempo pasa lentamente pero la historia se acelera.
 
Hagamos memoria: en un contexto de deterioro agudo y escandaloso del TC, este órgano arbitral debía decidir sobre una ley orgánica que había obtenido el aval de la ciudadanía de Catalunya en referéndum, después de haber su­perado los trámites en el ­Parlament y las Cortes. El PP, el Defensor del Pueblo y algunas autonomías habían interpuesto recurso de inconsti­tucionalidad contra el nuevo Estatut. Era, como refería el editorial, “una situación inédita en democracia”. La tesis de aquel artículo –que expresaba lo que entonces pensaba una gran mayoría de los catalanes– no surgía de mirarnos el ombligo, todo lo contrario: “No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de esta. No sólo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición”.
 

España está en un cruce de caminos que confirma el dilema de hace diez años: reforma o reacción

 
La España de hoy está en un cruce de caminos que confirma el dilema de hace una década: reforma o reacción, para decirlo con más crudeza. Las posiciones de la derecha política, judicial, económica y mediática, el ascenso del neofascismo normalizado y las políticas regresivas ( ley mordaza , decreto ley digital, por ejemplo) son factores que describen el paisaje donde nos encontramos. No es anecdótico, en este sentido, que el TC vuelva a ser noticia hoy por el voto particular de alguno de sus miembros en relación con el Código Civil catalán, una visión que evoca una retórica y una mentalidad que suenan a tardo franquismo.
 
En noviembre del 2009 no sabíamos, obviamente, todo lo que sucedería después. En ese momento, el independentismo era una opción todavía minoritaria. Las nubes de la recentralización autonómica habían empezado en el 2000, con la mayoría absoluta de Aznar, una tendencia que el editorial denunciaba, desde la esperanza de que los políticos y las élites de Madrid se dieran cuenta de que se estaban equivocando. Las reacciones madrileñas al editorial fueron muy malas, cuando no airadas. Muchos se ofendieron, en vez de tomar nota del malestar.
 
Ese presente presagiaba tormenta. Este presente es la gestión de la tormenta y de sus efectos. Según el historiador Serge Gruzinski, “el presente nunca tiene contornos precisos: se nutre de un flujo de estímulos, de sensaciones, de imágenes, de presentimientos, de ruidos y de actualidades de los que nuestra memoria sólo fija retazos”. Los contornos imprecisos de esa etapa conectan con los contornos más imprecisos de hoy, y los peores presentimientos de entonces se han convertido en realidad. Ahora se podría publicar un editorial conjunto que se titulara “Ya les avisamos”.
 
Durante esta década, se ha consolidado la desafección hacia el Estado de una parte importante, central y activa de la sociedad catalana. Esa desafección de la que el president Montilla advirtió cuando tocaba. El resto de la película es de sobra conocido. Ahora bien, lo que llama más la atención es que algunas cosas importantes –estructurales– que aquel editorial planteaba son las cuestiones que atraviesan, como un río subterráneo, toda la política española, y van filtrando en el día a día: “Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad”. Esto era cierto hace diez años y es cierto hoy, y forma parte del reto que tenemos delante: la constitución de un nuevo gobierno en España mediante un pacto con varios actores, un acuerdo que no será viable si no implica la voluntad decidida de abordar lo que ocurre en Catalunya.
 
La autocrítica pendiente sólo ha empezado a hacerse desde aquí. En vez de autocrítica, desde fuera, nos llegan las reflexiones peculiares del presidente de Aragón y otros fenómenos similares. Mientras muchos se niegan a entender, han tomado protagonismo esos que soñaban y sueñan “con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española”. ¿Si la independencia ha sido la respuesta, cuál era la pregunta? La pregunta estaba bien formulada en aquel editorial. Y la situación estaba bien descrita: “Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad”. La sentencia del Supremo no ha resuelto nada de todo esto.

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