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Francesc-Marc Álvaro | El héroe que no encaja
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23 ene El héroe que no encaja

Josep Lluís Trapero ante la Audiencia Nacional, un tribunal especial que no tienen otros estados y que es heredero del Tribunal de Orden Público (TOP), que actuaba durante la dictadura. Los estadounidenses ya estarían preparando un biopic para Netflix sobre el mayor de los Mossos d’Esquadra, una teleserie que serviría para explicar el proceso catalán a través de una figura singular, que no encaja ni en la narrativa procesista ni en la narrativa oficial del Estado. Trapero es un héroe por accidente y sin bando, una pieza que no sirve para engordar ninguna de las propagandas en pugna y, por esta razón, es uno de los personajes más trágicos del retablo de la crisis catalana. A diferencia de los dirigentes independentistas en la cárcel y el exilio, el antiguo jefe de los Mossos no quería llegar a Ítaca ni quería forzar ninguna negociación con Madrid, sólo quería –según sus declaraciones– que no nos hiciéramos daño. Evitar hacerse daño es un objetivo muy noble cuando las cosas se ponen ­feas, que es lo que sucedía el otoño del 2017. Un policía responsable intenta siempre que nadie se lastime. La producción de Netflix, si se hiciera, empezaría con el gran momento de Trapero: la gestión eficaz de la respuesta a los atentados yihadistas del 17 de agosto del 2017 en Barcelona y Cambrils.
 
Asistimos al juicio contra Trapero, la intendente Teresa Laplana y los máximos cargos políticos de Interior por debajo del conseller en aquel momento, Pere Soler y Cèsar Puig, después de haber visto el juicio contra los líderes independentistas en el Tribunal Supremo. Estamos curados de espantos. La defensa del mayor se basará en la misma tesis que escuchamos durante la vista que presidía el juez Marchena: Trapero es un funcionario público, fiel a la ley, que no tenía nada que ver con los planes del Govern Puigdemont relacionados con el intento –real o simulado– de realizar una secesión unilateral. Para certificar esta posición, el mayor y sus colaboradores han explicado que tenían un operativo preparado para detener al president y a ­todos los consellers, si así se ordenaba desde las instancias judiciales. El objetivo de Trapero, además de defender su actuación, es salvaguardar el prestigio, la cre­dibilidad y la profesionalidad del cuerpo de Mossos, puesto constantemente en ­duda por los fiscales, por determinados políticos, por varios medios de Madrid y, sobre todo, por Diego Pérez de los Cobos, el coronel de la Guardia Civil que fue nombrado coordinador del dispositivo policial que debía impedir el referéndum del 1 de octubre.
 

No perdonan a Trapero que demostrara que se podía gestionar el conflicto sin dar porrazos a los votantes

 
Cuando el mayor Trapero declaró como testigo en el juicio del Supremo, escribimos esto aquí, en marzo del año pasado: “La épica y la burocracia son dimensiones que casan mal y la imposible desobediencia desde arriba hizo que la retórica se disolviera en la nada cuando llegó la hora de la verdad. No había ningún dato real que hiciera pensar que los Mossos serían distintos a la inmensa mayoría de funcionarios de la Generalitat”. La tecnoestructura no sabía nada de esa determinación llena de tautologías que repetían Puigdemont y Junqueras. El poeta funcionario lo es sólo los domingos. Todo el mundo tenía claro que los Mossos no saldrían del marco legal vigente, sobre todo el conseller Forn. Las fantasías que algunos –pocos– hacían circular sobre los Mossos y su papel en un escenario hipotético de ruptura efectiva del statu quo nunca adquirieron rango de posibilidad.
 
Lo que ha llevado a Trapero al banquillo de los acusados no tiene nada que ver, en realidad, con la ideología. Es otra cosa. Determinados entornos del Estado no perdonan que el mayor demostrara ante el mundo que se podía gestionar el conflicto sin dar porrazos a los votantes. La foto del 1 de octubre fue demoledora: una policía del siglo XXI, mandada desde Catalunya, al lado de unas fuerzas policiales del siglo XIX, mandadas desde Madrid. Ahí les duele a algunos, así como que los Mossos no aceptaran de buen grado la tutela impuesta de Pérez de los Cobos. Lo notamos cuando este coronel compareció como testigo en el Supremo: no podía disimular su profunda animadversión por Trapero, basada más en un corporativismo mal entendido que en finuras ideológicas. Por eso, ahora, buena parte de las ­preguntas del fiscal intentan demostrar una supuesta pa­sividad de los Mossos, simplemente porque no pegaron a los votantes. Es una batalla cultural –una más– que tiene por escenario un tribunal. Que la manera de hacer y la cultura profesional de los Mossos esté, en general, muy alejada de ciertas concepciones presentes en la Guardia Civil y la Policía Nacional no convierte a Trapero en independentista, sino en un policía diferente, más moderno –si se nos permite– que Pérez de los Cobos. Es el choque frontal entre dos maneras opuestas de aplicar el concepto de la violencia legítima contra una ciudadanía que practica la resistencia pacífica.
 
Trapero no encaja y no encajará en ningún relato. Este servidor público no as­piraba a ser héroe ni mártir, pero ahora le toca hacer de pararrayos de la parte más sensible de las instituciones de autogobierno.

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