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Francesc-Marc Álvaro | La única virtud requerida
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09 mar La única virtud requerida

Hace bastantes años que la cosa pública en España puede resumirse de la siguiente manera, retrato fiel de lo que cada día debemos glosar como observadores del teatro de los poderes: “La política requiere el coraje burdo, mezquino de las peleas callejeras, no el valor airoso de las cargas de caballería. La política es el circo de los vicios, no de las virtudes. La única virtud que se requiere es la paciencia”. Extraigo esta cita de uno de los mejores libros de historia política que ustedes pueden leer ahora, M. El hijo del siglo, de Antonio Scurati, un relato deslumbrante del nacimiento del fascismo. Más allá del contexto de la Italia posterior a la Primera Guerra Mundial, tan diferente a nuestro tiempo, Scurati dibuja categorías perennes, sutiles, sobre la conquista y la conservación del poder en cualquier momento y lugar.
 
El circo de los vicios públicos en España es un espectáculo tan habitual, tan previsible, que la percepción de la caspa y la herrumbre que desprende es muy baja en relación a su toxicidad. A su lado, el coronavirus es una broma. A la vez, la peculiar peripecia política de Pedro Sánchez -renacido y tuneado docenas de veces- avala el adagio: la única virtud requerida es la paciencia. Con paciencia, el líder del PSOE venció a Susana Díaz, llegó a presidente, y ha conseguido una alianza con los mismos que le quitaban el sueño. Con paciencia, Sánchez espera terminar la legislatura habiendo desgastado a las derechas y habiendo domesticado a los socios. Y, con paciencia, espera dar con la propuesta que le permita salir airoso de la mesa sobre Catalunya.
 
A favor tiene Sánchez algo muy importante: le han regalado el centro. Si lo quiere, es todo para él, y puede balancearse entre el centroderecha y el centroizquierda, según le convenga. Por ejemplo, la Conferencia Episcopal, con el cardenal Omella al frente, puede facilitárselo. Explorar el centro le generará tensiones con Iglesias, pero menos de las que surgen del choque de egos y la pugna en la tecnoestructura, como vimos la semana pasada.
 
Fernando Vallespín escribe que el centro “se ha vaciado” y lo relaciona con el acceso de Arrimadas al liderazgo de Cs. A mi modo de ver, el centro empezó a vaciarse cuando Aznar alcanzó la mayoría absoluta en el 2000 y desplegó –sin manías– las políticas que había precocinado la FAES. Muy acertadamente, Vallespín nos advierte que lo preocupante de este vaciado “coincide con la creciente erosión de la dimensión liberal de la democracia, entendida más como una cultura que como una ideología”. Este reto, efectivamente, nos obliga a defender “el respeto de las instituciones frente a su utilización partidista”. Una erosión que no será ajena –añado yo– a la resistencia de parte del Estado a la voluntad de cambio del Ejecutivo de coalición, pues ocurre a menudo que el peor partidismo no lo practican los partidos, sino instancias movidas por el corporativismo más salvaje y oscuro. Atención, pues, al tercer poder y a sus maniobras. Hará falta aquí mucha paciencia.

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