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Francesc-Marc Álvaro | El virus de sobreactuar
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16 mar El virus de sobreactuar

Los límites de la política, descarnadamente. También los confines de la democracia y la tentación del “ordeno y mando”, más cuando el modelo chino gusta por igual a no pocos neoliberales intensos y a ciertos anticapitalistas con nostalgias albanesas. La pandemia del coronavirus nos lleva hasta estos límites y nos coloca ante el alto muro donde van a dar la responsabilidad, la autoridad, la seguridad y –atención– la libertad. La política y los políticos son puestos a prueba ante una emergencia que desborda previsiones y normativas, a la vez que descoloca a los spin doctors de turno, acostumbrados a crisis de otras dimensiones.
 
Desde una esquina, con la inquietud que provoca algo enorme fuera de control, la ciudadanía exige –con razón– una tregua de la confrontación partidista, porque ahora todos estamos en peligro y, además, no sabemos cuánto va a durar el combate. Pero el partidismo asoma por doquier, incluso entre algunos que proclaman estar por encima de él.
 

Torra no encontró el tono y creo confusión, de la que fue víctima el conseller Buch, pero Sánchez sobreactuó, y mucho

 
Lo excepcional exige herramientas especiales. Pedro Sánchez ha tirado del estado de alarma, una opción comprensible y lógica dado el alcance del problema. Pero los tiempos y maneras con que el presidente español ha tomado este camino son mejorables, incluso teniendo en cuenta que un gobierno de coalición es una nave difícil de pilotar. El estado de alarma coloca sobre la sociedad el cuerpo duro de Leviatán como escudo protector contra el miedo y el caos. El trato funciona, siempre y cuando nadie tenga tentaciones autoritarias. Y siempre y cuando, además, se respete el principio de subsidiariedad, piedra de toque del edificio autonómico y método basado en tomar las decisiones cerca del ciudadano, para ser más eficaces. El lehendakari Urkullu –que hizo ayer una comparecencia con tiralíneas– lo resumió a la perfección: “coordinación o colaboración no es imposición”. En esa intervención, calificó de “medidas innecesarias” que el Estado haya asumido el mando de la Ertzaintza y del Servicio Vasco de Salud, reiteró que cumpliría el decreto “con responsabilidad”, y recordó que él es “el máximo representante del Estado en Euskadi”. El malestar de los vascos se expresó contundentemente pero sin chirriar.

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