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Francesc-Marc Álvaro | Con el relato no basta
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16 abr 2020 Con el relato no basta

Contar un a historia para ganar. Esa era la fórmula. Sobre todo a partir del 2004, en Estados Unidos, se impone el concepto relato como centro de gravedad, no sólo de las campañas electorales, también del modus operandi de cualquier gobernante que se precie. Christian Salmon lo analiza en el libro Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes . El escritor francés cita la reflexión de James Carville, uno de los asesores clave en la victoria de Bill Clinton en 1992: “Los republicanos dicen: ‘Vamos a protegeros de los terroristas en Teherán y de los homosexuales en Hollywood’. Nosotros decimos: ‘Estamos a favor del aire puro, de mejores escuelas, de una mayor cobertura sanitaria’. Ellos cuentan una historia, nosotros recitamos una letanía”.
 
La autocrítica del reputado spin doctor coincidía con la publicación del libro No pienses en un elefante , del lingüista George Lakoff, que pretendía ser una herramienta para que el Partido Demócrata escribiera un relato claro, “una visión común a todos los progresistas”, que trascendiera esos programas políticos que el profesor calificaba de “mera lista de la compra”. No fue hasta la victoria de Barack Obama, en noviembre del 2008, que esa “alternativa moral” que reclamaba Lakoff se concretó en la apuesta del primer presidente afroamericano. Obama tenía un relato potente, que movilizó a mucha gente (sobre todo a jóvenes y minorías que antes pasaban del sistema) y generó grandes esperanzas. El roce con la realidad, la crisis, la decepción y la división del campo demócrata desgastaron el relato de Obama, y abrieron la puerta a la contranarrativa de Donald Trump.
 

Estamos redescubriendo lo obvio: la acción, y no la retórica, define la misión del líder político

 
Pedro Sánchez supo dotarse de un relato propio a partir de las adversidades. Su victoria frente a Susana Díaz por el liderazgo del PSOE –que le supuso enfrentarse a todos los poderes fácticos, a la vieja guardia socialista y a los principales medios de Madrid– colocó la voluntad de las bases por delante de otras consideraciones. Con esa aureola de resucitado, y sabiendo aprovechar las carambolas, el tipo que había sido despreciado por tirios y troyanos llegó a la Moncloa, gracias –entre otros– a los votos de varios grupos políticos que encarnan la idea de la anti-España, a decir del establishment y sus altavoces. Las urnas, con las que jugó frívolamente el líder socialista, le confirmaron en el cargo, mediante un pacto insólito. Y cuando el Ejecutivo de coalición comenzaba a andar y difundía su relato (no sin dificultades internas), llegó el coronavirus.
 
Se piense lo que se piense sobre la gestión de la pandemia que está haciendo el Gobierno (mala, regular o correcta), podemos concluir ya, a estas alturas, que ese esbozo de relato que Sánchez y Pablo Iglesias pergeñaron para resistir cuatro años ha quedado pulverizado por la fuerza de los hechos. Sánchez, con su propuesta de nuevos pactos de la Moncloa, busca un relato de la reconstrucción que suponga, a la vez, una tregua y una reescritura, que deje en suspenso los compromisos previos. Si no hay gran acuerdo, los guionistas de la Moncloa deberán tener mucha imagi­nación.
 
Para el Govern presidido por Quim Torra, sujeto a un borroso relato ambivalente de choque retórico con el Estado y gestión pragmática del día a día, la crisis de la Covid-19 también representa la obsolescencia de una plantilla narrativa que –por cierto– enfrenta diariamente a posconvergentes y republicanos. A pesar de las discrepancias expresadas por Torra públicamente ante Madrid sobre las medidas que tomar y la centralización de competencias, el independentismo gubernamental se ha quedado sin guion, y se enfrenta al pánico de la página en blanco. Las recientes declaraciones del conseller ­Miquel Buch a propósito de la cifra de mascarillas enviadas a Catalunya responden a este vacío discursivo, y evidencian la voluntad de marcar la agenda a toda costa, sin tener en cuenta el efecto bumerán de una táctica tan torpe.
 
Con el relato ya no basta, ni en Catalunya ni en Madrid. ¿Podría ser de otro modo? Creo que no. La realidad ha desbordado todas las previsiones como nunca antes y, por tanto, ha roto y ha borrado de un plumazo esos guiones bonitos que los gobernantes habían convertido en escudo, escaparate y amuleto de su quehacer ante la ciudadanía, un fetiche que podía justificarlo todo. El final del relato como centro de gravedad de la responsabilidad del político es una excelente noticia, pues recoloca la tarea de gobernar en el primado de las decisiones y de los actos, más allá del valor de las palabras.
 
En medio de la pandemia, estamos redescubriendo lo obvio: es la acción –y no la retórica– lo que define realmente, en última instancia, la misión de la persona que lidera políticamente. El tono apelmazado, recurrente y vacuo de tantas ruedas de prensa oficiales durante estos días certifica este giro. Y, por otro lado, la pregunta del CIS sobre una eventual restricción de la libertad de prensa indica que, ante la pérdida de su relato, algunos tienen la tentación de reeditar vetustas fábulas de palo y tentetieso.

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