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Francesc-Marc Álvaro | El hemiciclo casi vacío
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27 abr El hemiciclo casi vacío

A veces, el tiempo histórico y el tiempo presente se doblan como un par de calcetines guardados en un cajón. Coincide el cuadragésimo aniversario del primer pleno del Parlament de la restauración democrática con la celebración del primer pleno excepcional de la pandemia, con sólo veintiún diputados presentes. La conmemoración ha pasado sin pena ni gloria, todo el mundo está ocupado en otras cosas. La crisis de la Covid-19 ha restado protagonismo al poder legislativo, en Barcelona y en Madrid, porque son los gobiernos los que ordenan las medidas y deben organizar la nueva realidad. Es el momento de las consejerías y de los ministerios, los diputados pasan a un segundo o tercer plano. Aprobar los presupuestos, que es lo más importante que debe hacer el poder legislativo en cualquier lugar, justifica la breve atención que ha merecido la Cámara catalana. No hemos visto novedad alguna, salvo un tono menos crispado del habitual, lo cual es de agradecer, por respeto al administrado. Aparte de eso, todo el mundo está donde estaba, con las contorsiones previsibles para mantener el equilibrio.
 
Las imágenes del hemiciclo del parque de la Ciutadella casi vacío, con los asistentes a la sesión luciendo guantes profilácticos, hacen pensar en la grandeza y la miseria de la política, y en el riesgo de preguntarnos por la utilidad de nuestros representantes. Ocurre lo mismo con el pleno del Congreso en formato reducido, que parece una fiesta donde hubieran prohibido poner la música, para no molestar a los vecinos. No hay democracia sin Parlamento, pero estamos comprobando que muchas decisiones y medidas que se aplican sobre la ciudadanía no pasan el filtro imprescindible del debate parlamentario. Todo es urgente, me hago cargo. Son los imponderables de una epidemia, se dice. De acuerdo: pero ahora que parece que entramos en una nueva fase es necesario que funcionen más claramente los contrapesos del sistema. El control y el debate en las cámaras no son un lujo opcional, forman parte del corazón de la democracia y son su garantía. También cuando todas las previsiones se desbordan. O, mejor dicho: sobre todo, cuando todo salta por los aires.
 

Ahora que parece que entramos en otra fase, los contrapesos del sistema deben funcionar más claramente

 
Veo el Parlament con cuatro gatos mientras me llega la noticia de que Urkullu podría convocar elecciones para julio. Aquí no se sabe nada, porque el president Torra no quiere hablar de este asunto, aunque, una vez superado el trámite de los presupuestos, esta legislatura no da para más, cosa que sabíamos antes de la crisis de la Covid-19 y que no ha cambiado, por mucho que el president se sienta hoy más a gusto en el cargo que hace tres meses. Si la fecha de los comicios no sale pronto de la Casa dels Canonges, podría ser el Supremo el que dictara el calendario electoral con la inhabilitación presidencial. Llámenme antiguo, pero siempre será cien veces mejor que nos convoque a votar el president que los jueces.
 
En todo caso, y pase lo que pase, las futuras elecciones catalanas no serán momento para tragavirotes, diletantes, embalsamadores ni vendedores de humo. Ni para resentidos.

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