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Francesc-Marc Álvaro | El poso y el pozo
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08 jun El poso y el pozo

El espectáculo de la semana pasada fue penoso, horrible y brillante a la vez: Gabriel Rufián y Laura Borràs protagonizaron un intercambio de palabras muy agrio y descarnado en el debate en el Congreso para aprobar la última prórroga del estado de alarma, que tuvo el aval de los republicanos (vía abstención) y el voto contrario de los posconvergentes. Si repasan ese guiñol de reproches entre independentistas catalanes –donde el jefe de filas de ERC demuestra no saber qué representó el muy importante pacto del Majestic para el autogobierno–, llegarán a la conclusión de que el president Torra no puede hacer nada más que convocar elecciones inmediatamente, mejor hoy que mañana. La descomposición de las relaciones entre los socios en el Govern es clamorosa, insostenible, ridícula y casi obscena, lo cual produce vergüenza ajena en la ciudadanía catalana y aboca a los políticos concernidos a la pantomima más grotesca. Esto de pelearse en Madrid mientras aquí hacen ver que todo va bien es demasiado teatro, incluso para una sociedad como la catalana, donde la afición al simulacro es tan intensa que la diferencia entre lo que es y lo que parece bloquea la mayoría de los debates relevantes.
 
El Ejecutivo Torra ya ha tocado fondo y, como sucede con las cafeteras una vez hemos preparado el café, ahora solo queda el poso, unos restos que se están reutilizando compulsivamente, simulando que no pasa nada, como si la ciudadanía no tuviera bastante paladar para darse cuenta de que el brebaje es sólo agua sucia, cada vez peor. El poso –como es sabido por todos los amantes de la jardinería– sirve sólo para ser mezclado con la tierra de las plantas, no para elaborar tazas de café indefinidamente y a precio de saldo. Y del poso pasamos directamente al pozo. Quiero decir que vamos de cabeza al pozo más negro. No es solo la gestión pésima de las residencias de ancianos, o la poca credibilidad abordando el futuro de la factoría de Nissan, o los golpes de volante en Interior, o la desorientación que proyecta el Departament d’Educació, o las respuestas de la consellera portavoz… Es el conjunto del Gabinete catalán el que está averiado. Y como el poso se está reaprovechando, el legado del equipo Torra-Aragonès no servirá para abonar el futuro Govern, salga de la combinación que salga.
 
ERC quiere reiniciar y JxCat quiere servir zumo de poso hasta que los jueces del Supremo digan que el president debe dejarlo. La mesa de diálogo (que según la vicepresidenta Calvo se reunirá en julio) no puede funcionar mientras Torra sea la máxima representación de la parte catalana, algo que se sabe aquí y en Madrid, y que nos lleva –una vez más– a la casilla del simulacro y la pérdida de tiempo. La predisposición del puigdemontismo con respecto a la mesa de diálogo es descriptible.
 
El mínimo sentido de la responsabilidad institucional y del respeto al administrado exigen –y remarco el verbo– que el presidente de Catalunya convoque comicios y nos evite tener que contemplar cada día como el Govern se va haciendo añicos, en caída libre hasta el fondo del pozo.

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