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Francesc-Marc Álvaro | Marcar distancias
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09 jul 2020 Marcar distancias

El Gobierno español, el martes, dijo que hay que desvincular la institución de la Corona de las actuaciones de Juan Carlos I que investiga la justicia. Ayer miércoles, el presidente Sánchez, en la ­rueda de prensa junto al jefe de Gobierno italiano, agradeció que la Casa Real “está marcando distancias frente a esas informaciones inquietantes y perturbadoras”, referidas al rey emérito. Las noticias sobre altas sumas de dinero que el anterior monarca supuestamente habría recibido de Arabia Saudí a través de una fundación radicada en Panamá impactan sobre la sociedad española, sobre la Moncloa y sobre la Zarzuela. Y las recientes palabras de Pedro Sánchez sugieren un cambio de rasante en la gestión y en la concepción misma de la naturaleza de los problemas que rodean el legado del padre de Felipe VI. El PSOE tiene sentido de Estado, tanto que podría abordar una cirugía fina allí donde a la derecha le temblaría el pulso.
 
Habrá que guardar en los archivos esta intervención –mesurada pero severa– del líder socialista. Cuando la revisemos, dentro de un tiempo, nos iluminará sobre lo que todavía no hemos visto ni oído. Es un mensaje claro que apunta en una dirección: el poder ejecutivo tiene como prioridad preservar la reputación del actual jefe del Estado y la institución, caiga quien caiga. Incluso si el que puede caer es aquel que algunos calificaron de “piloto del cambio”. Al fin y al cabo, el pasado no puede alterarse, por mucho que el relato oficial se preste a correcciones de estilo. Lo que importa es el futuro y el temor a una erosión inercial de la Corona que, paulatinamente y sin algaradas, acabase vaciando de legitimidad esta pieza central del sistema ideado en 1978, para salir de la dictadura y aterrizar en la democracia conju- rando el fatalismo de la Guerra Civil.

El PSOE podría abordar una cirugía fina allí donde a la derecha le temblaría el pulso

Tomen nota: marcar distancias es la consigna. Resulta irónico dado que esta operación se produce en un momento de pandemia en el que tener cuidado de la llamada distancia social es un elemento clave para controlar el contagio de la Covid-19. Marcar distancias es también elevar a oficial lo que ahora es ya descarnadamente real: se ha roto el tabú sobre el rey y la monarquía en España, el paradigma sobre el que funcionó el reinado de Juan Carlos I ya no sirve para el de Felipe VI, algo muy evidente a menos que se haga abstracción del cambio de valores que ha tenido lugar en los últimos cuarenta años. Pero nada será fácil. La ruptura del tabú implica abrir en canal la narración canónica de la transición y eso remueve los cimientos de los principales partidos políticos que asumieron responsabilidades en su momento. Al final, vamos a parar a ese ángulo muerto donde Felipe González y Pedro Sánchez libran una batalla imposible entre la posteridad zaherida y el pragmatismo del equilibrista.
 
La confesión de Jordi Pujol sobre el dinero no declarado proveniente de la herencia del abuelo Florenci fue un bombazo en la sociedad catalana y, singularmente, en el espacio de Convergència Democràtica, que acabó cambiando su nombre por este y otros motivos. Saber que el president que más apelaba a la ética había engañado a la ciudadanía derivó en una crisis moral que dejó en estado de shock a muchos coetáneos –votantes y no votantes– del hombre que gobernó la Generalitat durante más de dos ­décadas. Tengo amigos y conocidos que no han superado esa decepción. Comparemos, pues en la comparación radica una de las bases del conocimiento. ¿Qué trascendencia tendrá la peripecia final de Juan Carlos I en la sociedad española? ¿Habrá cráter moral de gran dimensión o el perímetro de la vergüenza pública será pequeño, reducido y soportable como un dolor de cabeza pasajero? Los pujolistas han gestionado su desconcierto y su decepción como han podido, he visto de todo. ¿Qué será de los juancarlistas a partir de ahora? ¿Marcarán mejor o ­peor las distancias?
 
Vivimos tiempos de hipercomunicación y megarrepresentación. El eventual desgaste político de la monarquía tiene relación directa no solo con la imagen de la institución, a cuya preservación se supedita todo, de manera automática y mediante acciones que –a menudo– parecen sacadas de otras épocas. Hay un factor más sustancial. ¿Qué sentido tiene para una sociedad contemporánea, centrada en la igualdad, la existencia de una pieza institucional cuya excepcionalidad es cada vez más difícil de explicar en términos racionales? ¿Cómo hacer “cercanas y normales” unas figuras cuya función proviene únicamente de los lazos de sangre? Algo chirría y, entonces, todo debe fiarse a la ejemplaridad permanente y sin mácula del monarca, una vía necesaria pero ­insuficiente en pleno siglo XXI. La ejemplaridad –que debe evitar la sobreactuación a toda costa– es el punto de partida más que el de llegada, la condición previa para que la voz de la Corona pueda ser escuchada por los ciudadanos.
 
Ya se ha dado la orden: “Marcar distancias”. Se abre una etapa inédita en la que, a diferencia del mundo de ayer, el monarca ha de ponerse bajo el escáner cada día, por voluntad propia y sin –aparente– reserva alguna. Veremos.

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