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Francesc-Marc Álvaro | Nadie sabe nada
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22 ago 2020 Nadie sabe nada

No tengo ni idea. Ella tampoco. Nadie sabe nada. El nivel de incertidumbre es tan denso que la mayoría nos hemos puesto una máscara encima de la mascarilla para poder ir por el mundo: es la de una resignación ignorante o, si les parece más exacto, la de una ignorancia fatalista. Ella es maestra y pasa ante la mesa donde tomo algo, cuando el sol declina, frente al mar. Se detiene, nos saludamos y hace una pregunta retórica: “¿Qué pasará este septiembre?”. Ella responde: “Estamos en manos de la suerte”. Es probable –coincidimos– que muchos colegios se vean desbordados a pesar de las medidas dictadas. Probabilidades de caos y probabilidades de éxito. Jorge Wagensberg escribió que “la probabilidad es el grado de verosimilitud de un suceso antes de su ocurrencia”. ¿Es verosímil que muchos alumnos deban quedarse en casa a la primera tos en un aula? Esta ­maestra mira al cielo y mueve los hombros como quien espera un milagro.
 
Nadie sabe nada a ciencia cierta. Ir tirando. Educació admite que está revisando sus planteamientos, después de que se haya constatado públicamente que la coordinación con la Conselleria de Salut es mejorable, extremo que no contribuye precisamente a la tranquilidad de los adminis­trados. “¿No lo hablan antes?”, protesta alguien que –como ustedes y un servidor– no puede entender que los responsables públicos no pongan más esmero en lo que sí pueden controlar: la coordinación y la ­comunicación. Las dudas sobre el fun­cionamiento de las escuelas son la metáfora de lo que nos pasa: vivimos una realidad que tiende a fulminar cualquier plan.
 

Simón dice la frase del día: “Las cosas no van bien”; ¿qué hago?, ¿pido otro gin-tonic o rezo el padrenuestro?

 
Tarde de agosto. El mensaje que lanzan desde Salut ya lo dice todo: “Es imprescindible reducir la interacción social”. ¿Cómo lo haremos? A la misma hora, de la tele del bar sale la voz del presidente del Barça, como la plegaria de una religión arcaica que ya ha olvidado el nombre de su dios. Tarde de agosto de una época sin posibilidad de pensar el futuro, anclada en un presente al borde siempre de la catástrofe. Ahora, la tele nos regala la presencia de Fernando Simón, que suelta la frase del día: “Las cosas no van bien”. ¿Qué hago? ¿Pido otro gin-tonic o rezo el padrenuestro? Este presente se nos hará largo y es como estar en la sala de espera de un servicio de urgencias un domingo por la tarde. Doy ánimos a la ­maestra amiga, pero no soy muy convincente, me temo. Ni sueños, ni proyectos, ni planes. Todo es incierto, todo es provisional. A ratos, simulamos que el futuro nos importa una mierda, pero no cuela.
 
Hoy sábado hace cien años que nació Ray Bradbury, el autor de Crónicas marcianas , entre otros libros memorables. El asunto tiene gracia, pienso. En este momento, nosotros estamos actuando como si fuéramos marcianos que visitan la Tierra y deben tomar medidas extremas para no ­caer como moscas en un medio que les es hostil. Los marcianos no pueden infectarse. Se trata de transformar nuestra vida en una vida “otra”, como si quisiéramos fundar una nueva civilización, empezando por reducir la interacción social.
 
Pero no estamos lo bastante seguros de lo que hacemos porque todo el mundo no es igualmente responsable, hay conciudadanos que desprecian el riesgo real de la pandemia y nos abocan a multiplicar la incertidumbre. Hay días, cuando las cifras de enfermos de Covid-19 aumentan, que nos sentimos como Guy Montag, el protagonista de Fahrenheit 451 , la novela distópica en la que Bradbury nos traslada a un futuro donde los libros estarán prohibidos y serán destruidos por los bomberos, por orden del Estado. El bombero Montag tiene un recuerdo de infancia que sirve para describir lo que sentimos muchos ante el asedio del coronavirus: “Una vez, cuando era un niño, estaba sentado en una duna amarilla cerca del mar, en medio de un día azul y cálido de verano, tratando de llenar de arena un cedazo, porque un primo cruel le había dicho: ‘¡Si lo llenas de arena, te doy diez centavos!’. Cuanto más deprisa la vertía, más deprisa filtraba la arena con un murmullo cálido. Tenía las manos cansadas, la arena hervía, el cedazo estaba vacío”.
 
No querría estar en la piel del conseller Bargalló ni en la de la consellera Vergés, ni en la de ningún gobernante. Deben tomar decisiones que –nunca tanto como ahora– están regidas por el principio de prueba-error, descarnadamente. Y ese es el meollo de la cuestión, porque nadie se acostumbra a vivir como un conejillo de Indias. El mundo se ha convertido en un inmenso laboratorio, no hay tiempo para el ensayo, las medidas de contención del virus se aplican tal como van saliendo de los despachos oficiales. El impacto que eso tendrá sobre nuestra manera de pensar y de sentir será determinante, y así quizá entenderemos –de rebote– un poco más el mundo de nuestros abuelos, un paisaje de adversidades donde la voluntad de supervivencia era lo que daba sentido a todo, desde la cuna hasta la sepultura.

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