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Francesc-Marc Álvaro | De Xènius a Messi
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01 sep 2020 De Xènius a Messi

Somos una tribu marcada por la añoranza de unos dioses que siempre son efímeros y de alquiler. Los catalanes, quiero decir, incluidos esos que consideran esto un asunto meramente administrativo. El adiós de Leo Messi del Barça ha puesto en marcha un nuevo psicodrama colectivo, estamos abonados a unas situaciones que describen un país en orfandad perpetua. Ahora es el genio del fútbol, pero otro día es un profesional de los medios audiovisuales que deja su trabajo o un artista que se va a Madrid a hacer películas. Todo es un descalabro, todo remueve los cimientos, todo hace sonar las trompetas del Apocalipsis. ¿Quién se acuerda hoy, por ejemplo, del enfrentamiento entre el actor Josep M. Flotats y el conseller Pujals, que acabó con la destitución del primero como director del TNC?
 
Desde los tiempos lejanos de Eugeni d’Ors y su “defenestración” como cargo de la Mancomunitat hasta Messi, parece que hay una maldición: los mejores se largan y los indígenas lo aprovechamos para someternos a un drenaje de buenas intenciones. Hay días en que estoy convencido de que, sin saberlo, somos participantes en un casting para convertirnos en ciudadanos de otro lugar. Además, tenemos tendencia a superar la agonía de la pérdida mediante el salto a la piscina del ridículo, como hace Josep Maria Bartomeu, con gestos, palabras y silencios que limitan al norte con el alcalde Pich i Pon y al sur con El retorno de los brujos , un clásico del esoterismo pop.
 

Desde los tiempos de Eugeni d’Ors, parece que hay una maldición: los mejores se largan

 
A raíz del caso de Xènius, en Notes disperses , Josep Pla escribe esto: “En este país siempre estamos allí mismo: hablamos de las cosas no cómo se producen en realidad, cómo no se pueden dejar de producir, sino cómo se podrían haber producido. Eso significa que muchas veces hablamos en balde, que nuestras conversaciones son la pura nada”. Si Prat de la Riba no hubiera fallecido tan joven, quizá el autor de La Ben Plantada no se habría marchado a la capital española. Si el FC Barcelona tuviera hoy otro presidente, quizá el astro argentino no habría agotado la paciencia. Son ucronías con ruido de bote. Si no se hubiera comparado Barcelona con el Titanic , en un artículo que acertó la metáfora, quizá no estaríamos siempre haciendo el mismo debate circular (previsible y provin­ciano) sobre las aspiraciones culturales de la capital catalana, imitando a quien va al psicoanalista las tardes de los jueves.
 Suerte que Pavese, que hizo mutis hace setenta años, lo dijo mejor que nosotros: “Los dioses no tienen sentimientos. Saben lo que tiene que pasar y lo hacen tal como debe ser”.

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