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Francesc-Marc Álvaro | Uno de los nuestros
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10 dic 2020 Uno de los nuestros

La fórmula del éxito es la semejanza entre el elector y el elegido. En el cajón de sastre del populismo, lo que unifica a unos y otros, de derechas y de izquierdas, europeos o americanos, es la presencia de un líder que es percibido como un igual por su parroquia. Esto lo explica muy bien un libro sobre Berlusconi que se publicó en el 2010, escrito por el periodista Beppe ­Severgnini. Los repetidos triunfos electorales de Il Cavaliere se basaban en varios factores, pero el principal es que muchos italianos pensaban que el peculiar em­presario metido a gobernante “se nos pa­rece, es uno de nosotros”. Al menos, así lo expresaba la mitad del país, porque la otra mitad no podía soportarlo. Donald Trump ha seguido el mismo camino que el italiano que logró ser tres veces primer ministro: crear la fantasía de que es un estado­unidense igual a como son (o quieren ser) los que le votan. A partir de ahí, la impu­nidad del líder populista es prácticamente total.
 
No hay, pues, populismo sin un grado alto de identificación de un segmento importante de la ciudadanía con los que pretenden hablar en nombre “del pueblo”. Esto rompe la idea ilustrada –una idea sospechosa siempre de elitismo– según la cual debemos esperar y aspirar a unos gobernantes que se eleven por encima de la mediocridad y que, por tanto, sean ejemplares y referentes dignos de admiración. El populista gusta de subrayar su asco por cualquier signo de elitismo, algo que identifica con la política perversa de los otros. Desde ese punto de partida, construye su máscara como un espejo de la multitud que le impulsa, que no se siente representada por las ofertas políticas convencionales. Resulta paradójico cuando esta operación surge desde las filas de algún partido del sistema y no desde una organización nueva, caso de la popular Isabel Díaz Ayuso, muy ducha en caer en errores de amateur sin olvidar, a la vez, las maniobras clásicas de quien ha crecido a la sombra de políticos de la vieja escuela; esta combinación otorga a la presidenta autonómica de Madrid un aire de “auténtica”, asumiendo el riesgo de que este atributo la transforme, a ratos, en una verdadera friki. Vista su creciente notoriedad, hay que concluir que su apuesta da frutos.
 

El populista construye su máscara como un espejo de la multitud que le impulsa

 
Para ser uno o una de los nuestros la supuesta autenticidad es lo más importante. Parecer auténtico es la clave de toda la propaganda populista. Auténticos son (o lo parecen) Trump, Bolsonaro, Orbán, Salvini, Abascal y Díaz Ayuso. Ocurre lo mismo en el populismo de izquierdas, se trate de Mélenchon, Ada Colau o Pablo Iglesias, y en el carril populista que –con oscilaciones– ha tenido el procés , desde el lema de campaña de Artur Mas en el 2012 (“La voluntat d’un poble”) hasta los eslóganes de la CUP (“És l’hora del poble!”), sin olvidar la sobreactuación permanente de Cs en el Parlament. La impresión de autenticidad genera confianza entre los electores más cansados de la política, faltos también de un proyecto que transforme su malestar en victoria.
 
A mi modo de ver, sin esta autenticidad no podría asentarse lo que Pierre Rosanvallon identifica –en su libro El siglo del populismo – como el elemento clave de las propuestas populistas de cualquier color: la invitación a desalojar a los gobiernos establecidos, algo que sintetiza la consigna “¡Que se vayan todos!”, propia de los populismos latinoamericanos de los años 2000, luego imitada por el Movimiento 5 Estrellas en Italia, por Podemos en España, y por figuras antagónicas como Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon en Francia. El populismo como promesa de reset y recambio exprés del personal político produce la ilusión de una refundación, algo que ya escuchamos –por ejemplo– cuando Colau llegó por primera vez a la alcaldía de Barcelona, una intención que topó luego con la compleja realidad: los nuevos gobernantes tuvieron que confiar en los gestores de siempre. Lo auténtico se diluía. Nueva y vieja política tienen más vasos comunicantes de lo que parece, lo sabíamos mucho antes de que Manuel Valls acabara dando su voto a Colau, tras su fracasado intento electoral como representante salvífico de unas supuestas elites locales, tan mal informadas sobre la sociedad catalana como él mismo.
 
Algunos aseguran que la pandemia frenará el populismo, otros afirman que los populistas van a resistir porque se adaptan, incluso sin Trump como guía y ejemplo en la Casa Blanca. Si atendemos a lo que escribe Ferran Sáez Mateu en su ensay o Populisme. El llenguatge de l’adulació de les masses, la actitud populista ha dejado de dar miedo a las clases medias. La fraseología adulatoria hacia le menu peuple se ha instalado en la agenda y también pueden hacer uso de ella ciertos gobernantes que, en principio, no irían a parar al cajón gris de los populistas. Basta con repasar algunas ruedas de prensa oficiales sobre el coronavirus –en Madrid y en Barcelona– para constatar que la tentación de halagar a la ciudadanía de manera paternalista es algo muy extendido, tanto como el temor a la impopularidad. He ahí una gran puerta de entrada para los mercachifles de futuros.

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