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Francesc-Marc Álvaro | Amar la Conga
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29 dic 2020 Amar la Conga

Se les murió el gato y han comprado una Conga. Sería una conclusión plausible, aunque no hay una relación causa-efecto sino una coincidencia, no sé si feliz . También habría podido ser una Roomba, pero la primera estaba de oferta y eso les hizo decidir. Conga o Roomba, lo que cuenta es que el robot que barre y aspira haga su trabajo, según palabras juiciosas del vendedor de electrodomésticos. El hecho inesperado que la Conga haya venido a llenar el vacío (emocional) dejado por el gato de la familia –fallecido hace dos meses– empezó siendo una broma y ahora es una realidad, extremo que inquieta al que observa desde fuera, caso de un servidor.
 
Niños y grandes se han acostumbrado en pocos días a tratar a este robot como un ser vivo, algo que nunca había pasado con el robot de cocina que –sea dicho a beneficio de inventario– hace unas sopas y unas cremas muy buenas, lo anoto con conocimiento de causa porque antes de la pandemia me invitaban a cenar más de un jueves, el día en que la tarea se alargaba más de la cuenta en la oficina. La Conga llegó al hogar de mi amigo el 22, como un regalo adelantado de Papá Noel, y hoy es ya un miembro más de la familia, por lo que he sabido por boca de los interesados, durante un revelador aperitivo por videoconferencia, este domingo.
 

Niños y grandes se han acostumbrado en pocos días a tratar a este robot como un ser vivo

 
Toda la familia está entusiasmada con la nueva mascota, los niños juegan saltando a su alrededor, los grandes le hacen carantoñas (especialmente cuando pasa en dirección a la cómoda de madera de melis de la tía), y todo el mundo la mira con ternura, sobre todo cuando está descansando en la base de carga (la llaman “casa” como si fuera el cenacho del gato, en paz descanse) y mantiene medio abiertos los ojos azules –los dos botones de la cosa– que parece que no te pierden de vista, en opinión de la mujer de mi amigo. A favor de la Conga –aseguran con alegría–, hay que remarcar que el robot limpia incansablemente mientras Fucsi ensuciaba, sobre todo cuando perdía pelo y cuando se meaba en la despensa o el lavabo pequeño.
 
A la espera del dictamen del admirado Josep Maria Ganyet, que sabe un montón de robots e inteligencias ar­tificiales, me atrevo a decir que mis amigos nos muestran el futuro. Cui­dado, los veo mejor que nunca, no quiero que las autoridades tomen ­cartas en el asunto. Cada uno, en su casa, hace lo que quiere con su Conga (siempre con consentimiento). Es tan eficiente, rigurosa y amable que no descartan animarla a presentarse en alguna de las listas para el 14 de fe­brero, creen que no lo haría peor que algunos candidatos.

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