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Francesc-Marc Álvaro | La caducidad de los líderes
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04 feb 2021 La caducidad de los líderes

Mostrar lo que no vemos, explicar lo que no hemos entendido y ensayar algo de ­autocrítica. Creo que esto es lo que hay que esperar de las memorias de un político (o de una personalidad que haya ejercido el poder en cualquier ámbito) hoy en día. Si no es así, no hace falta que las escriban. Empecé la lectura de Una ­tierra prometida –primera parte de las memorias de Barack Obama– sin esperar mucho más que un elegante ejercicio de justificación de un tipo inteligente que vio como sus ideales no pudieron concretarse con la audacia que transmitían sus primeros discursos. Pero hay mucho más en el libro de quien fue presidente de Estados Unidos antes del terrible Donald Trump. De entrada, hay una cierta teoría sobre la vocación de servicio público y una mirada incisiva sobre las averías de la democracia y el origen de eso que despachamos como descrédito de la política. Todo ello envuelto en una higiénica distancia crítica –variable, según los episodios relatados– que se agradece, porque nos hace sentir adultos en medio del chiquipark de la demagogia partidista.
 
Al contar los orígenes de su salto a la política institucional, Obama se refiere a la experiencia del primer alcalde negro de Chicago, Harold Washington, que puso en práctica un programa ambicioso pero falleció antes de poder consolidar su proyecto. Tras esa etapa, la alcaldía fue a parar a manos de un representante del viejo establishment. El joven Obama extrajo algunas lecciones de aquello: “Vi cómo la tremenda energía del movimiento no pudo perdurar sin estructura, organización y liderazgo. Vi cómo una campaña política basada en la reparación racial, por muy razonable que fuera, generaba temor y una reacción en su contra y, en última instancia, limitaba el progreso. Y, en el rápido colapso de la coalición de Harold tras su muerte, vi el peligro de depender de un solo líder carismático para lograr el cambio”. Li­derazgo, carisma y cambio. Palabras que, ahora y aquí, pueden sonar a chino. No solo en Catalunya, también en Madrid. Si ponemos la vista en el conjunto europeo, no hay mucho donde elegir una vez citada la admirable can­ciller Merkel.
 

Obama advierte de los riesgos de los proyectos que lo fían todo a la magia del hiperliderazgo

 
No deja de ser irónico que sea Obama, carismático donde los haya, el que nos advierte de los riesgos de los proyectos que lo fían todo a la magia del hiperliderazgo. A pesar de esta contradicción, su mensaje debe ser considerado, mucho más en un momento en que –tanto a escala local como a escala continental– tenemos ante nosotros un escenario complicado que exigirá grandes acuerdos para superar la crisis social y económica generada por la pandemia. En el caso de la sociedad catalana, los que sean llamados a conducir las instituciones de autogobierno –lo sabremos tras el 14 de febrero– tienen un reto añadido: desencallar. Hablamos de una tarea delicada que exigirá imaginación y gestos de calado, además de caras nuevas.
 
Todos los liderazgos tienen su momento y apurarlos más allá de su caducidad puede ser contraproducente. El coraje de saber salir de escena no abunda. En la medida en que vivimos una política desfigurada por un peso exagerado de lo emocional y por la influencia tóxica de la judicialización, los relevos en las cúpulas políticas se ha convertido en algo que no puede analizarse con parámetros normales. Con todo, y asumiendo lo excepcional de esta hora, está claro que los años venideros reclaman líderes efectivos y autónomos que quieran defender sus posiciones reformulándolas cuando ello permita avanzar. Líderes que no tengan miedo de resultar poco simpáticos o impopulares, y que argumenten los cambios sin maquillar sus propias contradicciones, al contrario: poniéndolas sobre la mesa y desactivándolas.
 
Las memorias de Obama emiten la música de un compromiso robusto en tensión permanente con sus propios límites. Ojalá esa actitud fuera imitada en nuestros predios.

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