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Francesc-Marc Álvaro | No basta con Azaña
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18 mar 2021 No basta con Azaña

Tras los últimos acontecimientos en la capital de España, aparecen análisis que pretenden dibujar la situación a partir del choque de extremos, pero cargando las tintas sobre Pablo Iglesias y su partido, dejando en segundo plano a Isabel Díaz Ayuso y a las tres formaciones que se hicieron la foto en la plaza de Colón: el PP, Cs y Vox. Esta mirada estrábica no es causal ni es inocente: forma parte de un marco de sentido según el cual el Gabinete de socialistas y podemitas “es ilegítimo” y contrario a las esencias del Estado. Este marco va más allá de la prensa de la caverna, des­graciadamente. Los que no digirieron la moción de censura contra Rajoy y los que anhe­laban un pacto del PSOE con Ciudadanos re­curren a la estigmatización sistemática de Podemos, mientras blanquean el papel de Vox y la confluencia del PP con los ultras.
 
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez (3i) y el presidente francés, Emmanuel Macron (2d), en una ofrenda floral en la tumba del expresidente de la República Manuel Azaña
Pedro Sánchez y Emmanuel Macron, en una ofrenda floral en la tumba del expresidente de la República Manuel Azaña EFE
Según los arquitectos de esta propaganda, la mayoría parlamentaria que sostiene a Sánchez es impropia, pues contiene lo que en fraseo­logía rancia se denominaba “la anti-España”: republicanos, comunistas, independentistas catalanes y vascos, periféricos variopintos, etcétera. Siguiendo este guión de terror, Casado, como hizo ayer en el Congreso, va colando el sintagma “deriva radical” para referirse a las políticas de corte reformista y socialdemócrata del Ejecutivo de coalición. Es obvio que tal deriva no existe. Sí existe, en cambio, una actitud radical y destructiva por parte de la derecha, que en Madrid ha adoptado las maneras del trumpismo para conservar el poder.
 

La corrupción de las palabras contamina cualquier intento de desescalada

 
Como es sabido, la primera de todas las batallas es la del lenguaje. De ahí que se sigan escribiendo cosas ridículas como “los liberales de Cs” (nunca lo han sido), que Ayuso esté orgullosa de ser acusada de “fascista”, que se hable de “los comunistas” como si estuviéramos en plena guerra fría, que Sánchez tenga el cinismo de poner a los ultras de Vox en el mismo saco que Junts, o que muchos sigan etiquetando el procés como “un golpe de Estado” (incluso cuando el Supremo no consiguió probar este extremo). La corrupción de las palabras bloquea el debate político y contamina cualquier intento de desescalada, no solo en Catalunya. Es insoportable.
 
Esos que hoy se pretenden equidistantes entre Ayuso e Iglesias han callado mucho y bien. Nadie les escuchó advirtiendo de la deriva radical que suponía la judicialización del conflicto catalán, los gritos de “¡a por ellos!”, los porrazos contra votantes pacíficos o el discurso del jefe del Estado del 3 de octubre del 2017. Tampoco parecían muy preocupados cuando todo el establishment se concertó (sin éxito) para que Sánchez perdiera las primarias del PSOE contra Díaz. Ni mostraron atisbo de inquietud ante los infames pactos de PP y Cs con Vox en varias autonomías, o cuando las fuerzas de siempre frenaron en las Cortes la investigación sobre el rey emérito. Estos adalides de la ­ecuanimidad proclaman ahora que el PSOE y el PP deben salvar “nuestra democracia”, obviando que fue el partido de Aznar el que mantuvo durante años la miserable mentira sobre los atentados del 11-M, o que fue el partido de González el que amparó la siniestra guerra sucia contra ETA.
 
Iglesias ha cometido varios errores, entre los cuales el de querer ser a la vez Gobierno y oposición. Pero hay que subrayar que es el único líder de ámbito estatal que se ha atrevido a abordar importantes tabúes políticos con coraje, contra un inmovilismo ciego que corroe la credibilidad del sistema hasta el esperpento. Como ha explicado el prestigioso historiador Ángel Viñas, “la élite política española de todos los niveles y todo el arcoíris no ha sabido dar una respuesta a la herida del franquismo; esto es algo que envenena la convivencia”. No sirve de nada que Sánchez se haga la foto ante la tumba de don Manuel Azaña si el PSOE no es capaz de detectar el auténtico peligro que amenaza hoy esta democracia –según dicen– tan alabada.

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