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Francesc-Marc Álvaro | El poder y el ‘procés’
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22 abr 2021 El poder y el ‘procés’

Se ha hablado mucho de soberanía y muy poco de poder. El independentismo ha buscado las llaves perdidas junto a la luz de la lámpara y no allí donde las había extraviado. Es más fácil hablar de soberanía que de poder, sobre todo si hace siglos que el poder político –el que depende de la coerción y la violencia– lo ejercen otros. Por eso arrastramos unos malentendidos conceptuales enormes que se solapan con las contradicciones estratégicas y con la tensión orden-desorden, la más importante para analizar el colapso del procés.
 
En el ensayo de Eugenio Trías La Catalunya ciutat (publicado en 1984 y reeditado el año pasado por Galaxia Gutenberg), el filósofo catalán menciona algunos fragmentos de las memorias de Gaziel. A la luz de lo que ha sucedido desde el 2012, vale la pena subrayar lo que escribió el gran director de La Vanguardia : “Las revoluciones verdaderas (las únicas que merecen ese nombre) implican siempre cambios dolorosos, hundimientos terribles y otros estragos patéticos. Revoluciones ‘desde arriba’, es decir, hechas pacíficamente por las clases acomodadas y conservadoras de un país, mientras prosperan los negocios y se va cortando el cupón, no ha habido nunca en sitio alguno. Y, si ven alguna que lo parece, mírenla bien y le verán el plumero: no es una revolución indiscutible, sino una evolución más o ­menos hábil, más o menos profunda, pero que en definitiva no cambia nada esencial, ninguno de los fundamentos que soportan la estructura de un país, tal y como son en una hora histórica determinada”. Vicens Vives llega a la misma conclusión cuando expone que los catalanes son “un pueblo que se encuentra sin voluntad de poder”.
 

La gestión de la resaca de octubre del 2017 lleva al independentismo a una suerte de poder destituyente

 
Salvando todas las distancias temporales y mentales (que no son pocas), está claro que “la revolució dels somriures” –impulsada por clases medias, no por las clases altas con poder económico y financiero– nunca ha podido escapar de una de sus contradicciones originales, como señalamos en su momento, que tiene que ver con un factor clave: el nacionalismo de Pujol no podía desvincularse de los cimientos de la transición y el procés necesitaba contar con los herederos políticos de CiU para ocupar el mainstream , pero eso sometía Artur Mas a pruebas constantes de fiabilidad a la luz del rupturismo de esa ERC que tenía prisa, igual que la CUP y la ANC. Por eso el procés parecía –según cuál fuera la perspectiva– dos cosas contradictorias a la vez: un disfraz del pospujolismo para perdurar y una estratagema de los republicanos para hacer el clic sin que se notara el tirón.
 
La entrada en escena de Puigdemont, después de que los cuperos vetaran a Mas, supone el fin del procés de los conversos (era uno de sus puntos fuertes) y el arranque del procés de los auténticos, lo cual era un retorno, por la puerta de atrás, a las actitudes que habían hecho del independentismo de los setenta y ochenta un actor marginal. Quizá porque Mas se hizo independentista sin dejar de ser convergente, la cuestión del poder (que significa tener instituciones, presupuestos y palancas) formaba parte del equipaje hacia Ítaca. Con el liderazgo de Puigdemont –que era independentista antes que convergente–, el sentido de poder pasa a ser un asunto secundario en el imaginario independentista. El énfasis en celebrar un referéndum, incluso no reconocido, asociaba el ejercicio de la soberanía a la obtención automática del poder, un relato engañoso.
 
La llegada a la presidencia de Torra, que considera la autonomía un obstáculo para la secesión, culmina este viaje en sentido contrario a la historia del catalanismo. Prat de la Riba tenía voluntad de poder, de lo contrario no hubiera sacado tanto partido de la Mancomunitat. Tarradellas tenía ­voluntad de poder, por eso sabía dar ­credibilidad a su teatro. Pujol tenía voluntad de poder, por eso pedía el máximo de competencias, incluso en prisiones.
 
El independentismo se presenta como un poder constituyente frente a un Estado en crisis como el español, pero la gestión de la re­saca de octubre del 2017 lo conduce a ser otra cosa, una suerte de poder destituyente sin quererlo y sin tener ­conciencia de ello. En Arqueologia de la política (Arcàdia), Giorgio Agamben propone este término, poder destituyente , para designar –él no lo hace en sentido negativo– una vía que tendría como objetivo principal “neutralizar y deslegitimar el poder existente”, en el marco de una crítica a las concepciones neoliberales.
 
La pugna-negociación entre ERC y Junts para hacer Govern y fijar una estrategia compartida se puede interpretar como el choque entre la apuesta de los republicanos por reforzar los carriles de la voluntad de poder (administrar la autonomía y acumular fuerzas) y la intención de los junteros de explotar una lógica de poder destituyente ante las disfunciones del Estado español. Pero, en este paisaje, jugar al poder destituyente podría ser un modo solemne de enmascarar la ­impotencia propia en un guiñol perpetuo de gestos sin trascendencia alguna. Y aparece, entonces, la pregunta del millón: ¿se puede ser institución y poder destituyente a la vez?

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