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Francesc-Marc Álvaro | La superioridad emocional
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Anna Jimenez

19 ago 2021 La superioridad emocional

Hemos pasado de la superioridad moral a la superioridad emocional. El mecanismo es tan sencillo como potencialmente efectivo: mis emociones son más de veras que las de otros, la autenticidad de mis emociones es la prueba de mi sinceridad y, a su vez, eso es producto del hecho de que tengo la razón y la verdad de mi lado. Políticamente, esta arma es devastadora. Es el arma principal de nuestro tiempo, aquí y en varios países ­occidentales.
 
A diferencia de la gimnasta Simone Biles, el político de turno que tiende a exhibir sus lágrimas no quiere normalizar su vulnerabilidad, tiene otro objetivo: conseguir la indulgencia de los ciudadanos, eventualmente perjudicados o molestos por determinadas decisiones oficiales. Algunas figuras practican el teatro hiperbólico de las emociones rotas como parte de una estrategia altamente perversa, que consiste en buscar la adhesión automática de los administrados y zafarse, de paso, de cualquier debate que ponga en duda su acción y su papel. Las lágrimas son, a menudo, el escudo del gobernante que no soporta la crítica. Los que contemplan el espectáculo tienen que adherirse al melodrama o son expulsados del terreno de juego. Estamos ante una impostura corrosiva que adelgaza el debate democrático hasta dejarlo como un papel de fumar. Desconfíen de los políticos que lloran a menudo o de los que hacen esfuerzos por mostrarles siempre el corazón. La sinceridad no necesita estos subrayados. Ferran Sáez, recordando que Trump se hizo popular gracias al reality show The Apprentice , nos dice que “el kitsch es, hoy, el componente definitorio de la cultura de masas y el principal catalizador prepolítico del populismo”. La lágrima omnipresente es kitsch de alta graduación.
 

Las lágrimas son, a menudo, el escudo del gobernante que no soporta la crítica

 
Ada Colau ha llorado en público a raíz de una pitada de la cual ha sido víctima recientemente. Tiene derecho a hacerlo y el resto podemos interpretar sus lágrimas como queramos, porque ella las ha convertido en material político de primer nivel, combinándolo con discursos supuestamente transformadores y feministas, haciendo una salsa ideológica muy espesa. Si las lágrimas forman parte de la batalla política, ya no hablamos de un asunto privado y, entonces, podemos descodificarlas como haríamos con cualquier gesto de un dirigente con responsabilidades públicas que se somete al escrutinio de la ciudadanía y los medios. Por lo tanto, se trata de una táctica más para sobrevivir al desgaste de gobernar una capital como Barcelona.
 
La superioridad moral ha sido atributo habitual de una cierta izquierda, como la superioridad técnica ha sido atributo de una cierta derecha. Obviamente, eso tiene modulaciones. La superioridad emocional, en cambio, es muy transversal. En Catalunya, hay casos de superioridad emocional en varias formaciones del arco parlamentario, del independentismo a Cs, pasando por los socialistas, el PP o los comunes, como hemos referido al hablar de Colau. Siempre hay algún dirigente de uno u otro partido que tiene la tentación de superar el mal trago explotando la lágrima.
 
Miquel Pellicer, en La comunicación en la era Trump, escribe que “la primera victoria de Trump sobre Hillary Clinton no fue en las urnas ni en los debates. Fue una cuestión de estrategia. La conexión emocional durante toda la campaña fue su primer gran éxito. Aparentemente, de forma impulsiva pero algo muy calculado. Beligerante y en exceso se deja llevar por las emociones”. No hace falta recordar que Trump gusta a sus votantes porque es “auténtico”. Ya hace muchos años que Neil Postman resumió la clave de estas actitudes: “En la televisión, el político no ofrece una imagen de él mismo al público, sino que se ofrece como imagen del público. Y ahí radica una de las influencias más poderosas del anuncio de televisión en el discurso político”. Hoy en día, eso ocurre también en las redes y en los actos presenciales, constantemente. Si el político llora, es porque intuye que una parte de la ciudadanía se ­gusta representándose de este peculiar modo. El juego de espejos se retroalimenta más efectivamente cuanto mayor es la parroquia del líder que hace su striptease emocional.
 
La superioridad emocional no cambia las cosas, solo sirve para bloquear los debates y mantener a algunos dirigentes po­líticos en la confortabilidad de un falso consenso, construido sobre el menosprecio a los hechos, a la razón y al intercambio de argumentos que corresponde a la toma de decisiones en una sociedad plural y abierta.

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