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Francesc-Marc Álvaro | La audacia de Sánchez
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06 sep 2021 La audacia de Sánchez

Archie Brown, autor de un libro fundamental sobre liderazgo político, escribe que Adolfo Suárez no era un líder fuerte, “en el sentido de que ejerciera un dominio sobre todos a su alrededor”. El politólogo británico subraya que el piloto de la transición española “buscaba el consenso, y su estilo era colegiado”, y añade que “hizo concesiones y logró compromisos, pero siempre con el fin de alcanzar el objetivo que perseguía sin descanso: la democracia; logró lo que quería”. Brown no dice, pero lo sabe todo el mundo, que Suárez acabó sacrificándose para que su meta se consolidara, al constatar que su figura, una vez hecho lo más difícil, había concitado odios furibundos entre sectores del poder que no le perdonaron la audacia con que ejecutó algunos cambios de gran calado.
 
Lo que quería Suárez era que la democracia arraigara en España. Él, definido por Brown como “un burócrata de alto nivel durante el régimen de Franco”, entendió que la reforma política tenía que ser totalmente creíble. Para conseguirlo no dudó en legalizar a los comunistas, en pactar acuerdos sociales con los grandes sindicatos o en convertir a los nacionalistas catalanes y vascos en interlocutores de primer nivel. Por eso hablamos de audacia al referirnos a su etapa. Era una audacia con visión, nacida de una estrategia con auténtica mirada histórica. No todas las audacias son iguales. ¿Qué tipo de audacia mueve a Pedro Sánchez a impulsar el indulto a los dirigentes del procés condenados.  

¿Qué objetivo real tiene el presidente cuando aborda el conflicto catalán?

 
No se trata de una pregunta retórica. Es una cuestión política sustancial, de la que cuelga todo lo demás. De ahí surge otra incógnita: ¿cuál es el objetivo que se ha marcado el presidente Sánchez con respecto a la situación catalana? Se podría contestar que su meta es la misma que la de cualquier inquilino del palacio de la Moncloa: evitar que se produzca nada parecido a una secesión de Catalunya. Pero es una respuesta errónea, pues convierte la premisa principal en el objetivo, y ello crea malentendidos. El objetivo en este ámbito tiene que ver con una palabra que no gusta al presidente: conflicto. ¿Qué objetivo real tiene Sánchez cuando aborda el conflicto catalán?
 
Hasta ahora, los discursos de Sánchez sobre la crisis de Catalunya (incluido el que pronunció en el Gran Teatre del Liceu) son vagos y se deslizan sobre categorías periféricas respecto al núcleo del problema, sustituyendo el análisis de las disfunciones que alimentan el independentismo por apelaciones a lo sentimental aplicado a los pueblos. Su insistencia en la idea de “reencuentro” es inservible si antes no se pone sobre la mesa el fuero y el huevo, para decirlo a la manera clásica. Si el líder de la Moncloa espera que la mesa de diálogo sea un congelador del problema, es que no ha entendido nada. Y que su audacia con los indultos tiene las patas muy cortas, desgraciadamente.

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