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Francesc-Marc Álvaro | Llibres escolars de franc
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02 sep Llibres escolars de franc

Mis padres, que no eran ricos, no se quejaron nunca de lo que les costaban los libros de texto, en tiempos de aquella EGB que más de uno echa de menos cuando observa los problemas de la primaria y la secundaria actuales. Repito: en casa no sobraban las pesetas, pero se entendía que el gasto en el material del colegio era una buena inversión o, cuando menos, una inversión bien justificada. Que los libros pudieran ser gratis –esto es, pagados por las arcas públicas– era una posibilidad que nunca les pasó por la cabeza a mis progenitores, gente que creció en medio de las fuertes privaciones de la guerra y la posguerra. Ahora, el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, declara que espera que los libros escolares sean gratuitos en las autonomías donde todavía no lo son.

Zapatero nos tiene acostumbrados a ser muy generoso con el dinero de otros y su actitud ha sido imitada por los ministros de su Gabinete, incluido Gabilondo, que parecía menos tramposo que el resto, pero que, finalmente, toca la partitura que le dan. El Gobierno de las Españas quiere repartir libros para todas las criaturas pagando los gobiernos autonómicos. Esto, en español, se llama tener cara. En términos más finos, hablaríamos de cinismo institucional, que conecta directamente con el espíritu neocentralista de la jugada impulsada por PSOE y PP para reformar la Constitución en un abrir y cerrar de ojos, y dejando al margen a los que en Madrid llaman nacionalistas periféricos, singularmente los representantes del catalanismo político. La generosidad de Gabilondo es un sarcasmo exagerado aun para un catedrático de Metafísica.

La conservación del Estado de bienestar va en dirección contraria al deseo del ministro de Educación, no se puede engañar a la ciudadanía, ni cuando falta tan poco para unas elecciones. El futuro del modelo que hemos construido en la mayoría de países europeos no pasa por el gratis total sino, contrariamente, por detectar más eficazmente las necesidades más importantes y los sectores más débiles de la sociedad. Todo el mundo no puede recibirlo todo. Que las familias (excepto las que ocupan las franjas de la exclusión social) hagan el esfuerzo de pagar directamente los libros escolares, además de evitar cargar todavía más el erario con un gasto generalista, debería favorecer la creación de una cultura cívica sobre el valor y el lugar del conocimiento. Seamos serios: comparados con la mayoría de las inversiones familiares habituales (algunas manifiestamente prescindibles), los libros de texto no son caros.

Cuidado: hay muchas formas de populismo. Las declaraciones del ministro Gabilondo sobre los libros gratis son populismo del más descarado y atroz, más peligroso que otros porque pasa inadvertido, y absolutamente impropio de una socialdemocracia que se pretende responsable.

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