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Francesc-Marc Álvaro | Una declaració democràtica
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24 ene 2013 Una declaració democràtica

El Parlament votó ayer día 23 de enero del 2013 una declaración de soberanía que proclama que “el pueblo de Catalunya tiene, por razones de legitimidad democrática, carácter de sujeto político y jurídico soberano” y que representa, de hecho, el punto de partida de un proceso para organizar una futura consulta –se supone que vinculante- en la cual los catalanes serán preguntados –me imagino- si quieren que Catalunya siga siendo una comunidad autónoma de España o prefieren que se constituya en un Estado independiente. Esta resolución choca frontalmente con la Constitución de 1978, según la cual “la soberanía nacional reside en el pueblo español”. Una mayoría importante de la Cámara ha dicho –de manera pacífica y tranquila- que los principales decisores sobre la vida colectiva de los catalanes son los propios catalanes.

¿Cuál es la finalidad de una declaración de este tipo? ¿Qué se quiere conseguir con la votación de ayer? Interpreto que se pretenden dos objetivos a la vez. Primero: poner la primera piedra de un proceso de alta complejidad que exige decir, ante todo, cual es el demos al que hace referencia este proyecto, que es lo mismo que afirmar que la personalidad nacional de Catalunya no es un hecho accesorio o decorativo sino sustancial. Segundo: conseguir una mayoría parlamentaria lo más holgada posible a favor de celebrar un referéndum oficial (como hará Escocia, como ha hecho Quebec dos veces), extremo que tiene que ver más con la profundización de la democracia que con el nacionalismo. A principios del siglo XXI, resulta impropio de demócratas intentar prohibir que se pueda preguntar a la gente sobre todo lo que afecta directamente a sus vidas. Este es el discurso que Catalunya puede hacer llegar a todas partes.

A mi parecer, la declaración de ayer es muy importante históricamente, pero presenta tres puntos débiles que hay que subrayar y que los partidos que la impulsaron –CiU, ERC e ICV- no pueden pasar por alto.

En el redactado, la inclusión del concepto “derecho a decidir” desfigura el alcance y el objetivo de esta empresa de cara a la comunidad internacional. En la política catalana, se utiliza esta expresión de manera habitual sin embargo, a la hora de la verdad, resulta demasiado inconcreta y poco útil para explicar la dinámica en la cual nos encontramos a los observadores extranjeros y a las instituciones globales. ¿Por qué se ha renunciado a hablar claramente de derecho a la autodeterminación? La Cámara catalana había utilizado anteriormente este término y ahora, en cambio, lo aparca. Si queremos explicarnos fuera, intentemos ser poco raros.

Con respecto a los apoyos políticos, el hecho de que el PSC no haya votado la declaración y se haya sumado al bloque de la prohibición del referéndum que articulan PP y Ciudadanos es una noticia negativa para el socialismo catalán y también para el conjunto del país. Tiempo habrá para analizar las razones de esta actitud de la dirección que encabeza Navarro así como el papel de los cinco diputados que se desmarcaron ayer. De momento, todo son incógnitas. ¿Cómo alterará este paso del PSC el mapa de partidos? ¿Cómo afectará eso a la estabilidad interna de la organización? La alegría de Sánchez-Camacho y de Rivera al ver a Navarro a su lado era muy evidente ayer por la tarde.

Sobre la metodología de negociación, el juicio debe ser severo: CiU y ERC empezaron mal y, después, a pesar de establecer conversaciones con el resto de grupos proclives a hablar, la sensación es que las cosas no se han hecho lo bastante bien ni con finura. Tampoco se han explicado claramente al público. Especial crítica merece la pelea envenenada entre Unió y CDC a pocas horas de la votación, un espectáculo lamentable que –sumado a las discrepancias enquistadas dentro del PSC- ha hecho recordar los momentos más absurdos de la atropellada aventura del nuevo Estatut. No quiero pensar que asuntos muy importantes y delicados de la vida colectiva están en manos de aficionados, pero ciertas actuaciones y discursos no hacen más que desanimar a mucha gente que, hace meses, pensaba que la clase política sería lo bastante inteligente y generosa para conjurar el síndrome del autogol, bien documentado por Gaziel.

Ahora tenemos una declaración solemne que dice que el pueblo catalán es soberano. Los que aseguraban que el catalanismo había muerto la noche del 25 de noviembre no deben comprender nada. Que eso sea un brindis al sol más o la llave para abrir otras puertas dependerá de nuestros representantes y de su sentido del tiempo y de la oportunidad, así como de la capacidad que demuestre la sociedad catalana a la hora de aguantar el tirón de un desafío al Estado español sin precedentes desde la muerte de Franco. Los resultados de las elecciones catalanas abonaron un proyecto político de cambio histórico, pero lo hicieron de una manera diferente a la prevista. Me parece que todavía no se ha reflexionado lo suficiente sobre la distancia entre lo que se pidió al electorado y aquello con lo que ahora hay que trabajar.

La épica de otras ocasiones era escasa ayer en el Parlament. Ni Ítacas ni citas de Martí Pol. Mejor así, teniendo en cuenta que la crisis, la corrupción y la frivolidad de ciertos episodios forman un cóctel que puede inflamarse con gran facilidad. La soberanía empieza por controlar los riesgos.

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