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Francesc-Marc Álvaro | 11-M, la història accelerada
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13 mar 11-M, la història accelerada

Uno. Recuerdo que aquella mañana del 11 de marzo del 2004 tenía, a primera hora, clase de seminario de Periodismo Político en la facultad de Comunicació Blanquerna de la Universitat Ramon Llull. Cuando llegué al aula, mis estudiantes y yo nos miramos como diciéndonos «Y ahora, ¿qué tenemos que hacer?». Todo el mundo estaba conmocionado. Faltaba información para poder analizar los hechos, el estupor era el sentimiento dominante. ¿Qué había pasado? En la clase anterior, habíamos estado hablando con toda normalidad de la campaña de las generales que debían celebrarse el domingo. Las previsiones ya no servían. Conectados a la radio y a la televisión fuimos siguiendo la narración de los periodistas que habían acudido al lugar de los atentados. Pasado un rato, al saber que se había convocado una concentración de repulsa y solidaridad con las víctimas en la plaza Sant Jaume, decidí trasladar la clase a la calle, para observar qué hacían y decían los políticos catalanes ante esta tragedia. Era inevitable pensar, sobre todo, en Carod-Rovira, que había tenido que salir del Govern Maragall por haber mantenido contactos con dirigentes de ETA. Tuvimos la sensación de que todo el mundo intentaba sobreponerse al vértigo como podía.

Dos. En la crónica de ambiente de la concentración que escribí aquel día y que salió en La Vanguardia del viernes, anoto lo siguiente: «No falta nadie. Observo los rostros de los políticos, tallados todos por un escultor sombrío, cabezas a las que les ha volado el sombrero de la retórica, miradas presas del vacío, gestos sin escudo. También los que son candidatos. Desde el asesinato de Ernest Lluch, no veíamos estos semblantes de piedra quemada. Vemos los actores sin máscara, las máscaras sin ojos, los ojos estampados en el dato cierto: más muertos que nunca». Pocas veces como aquel día he tenido plena conciencia de los límites de la política y, paradójicamente, nunca como entonces era tan evidente que era el momento de la gran política, la que se libera del partidismo estéril y del sectarismo tóxico. Desgraciadamente, los que más podían hacer para evitar esta deriva no fueron capaces de modificar un estilo que ha introducido una dosis extraordinaria de mentira y de cinismo en la vida pública.

Tres. La noche del fatídico 11 de marzo, y después de pasar por la redacción de La Vanguardia, me desplacé hasta los estudios de TV3 para intervenir en un programa especial que, en principio, ponía el foco sobre ETA y la agenda política estatal, de acuerdo con la versión oficial que difundía el gobierno Aznar. Por eso, los periodistas convocados por Mònica Terribas éramos los que escribíamos de política española y no los de internacional. Sin embargo, a medida que pasaban las horas, la hipótesis de un atentado islamista iba avanzando, de manera tal que, al entrar en el plató, las informaciones que llegaban desde Londres o Tel Aviv desplazaban a un segundo lugar los mensajes ministeriales. Guardamos las notas sobre Ibarretxe y Otegi, y tratamos de no decir muchas tonterías sobre un fenómeno del que lo ignorábamos casi todo. La velocidad de la información fue muy superior a la velocidad del relato gubernamental y asistimos a la verdadera historia en directo, la que no encaja en ningún guión. Aznar y Acebes daban ruedas de prensa al estilo de 1977, sin tener en cuenta que el mundo se ha hecho pequeño y que cualquiera con un móvil puede ser una fuente. Inercias y exceso de confianza.

Cuatro. El desconcierto era enorme. Rumores y más rumores. Un festival de SMS. El desconcierto y, más tarde, la indignación porque el Gobierno mantenía una tesis que no se sostenía. Los nervios se desbocaron: el sábado, un policía nacional fuera de servicio mató en Pamplona a un panadero que se había negado a colgar un cartel contra ETA en su establecimiento. Aquellos días escribí esto: «La cara del ministro Acebes, en sus comparecencias para explicar las investigaciones sobre la autoría de la matanza de Madrid, es el rostro de un actor que ha sido expulsado de la representación pero todavía no lo sabe». La penosa gestión informativa del ejecutivo del PP dio pie a actuaciones, también penosas, de ciertos dirigentes del PSOE, IU y otros partidos. La cita con las urnas aceleró todavía más la información y los acontecimientos, y esta velocidad dejó en fuera de juego a los que tenían la responsabilidad de dirigir el país. Las elecciones no las gana Zapatero, las pierde el PP. Cortocircuito democrático con un elemento positivo: el periodismo -en general y a pesar de las presiones- supo desmarcarse de la fábula oficial. La verdad -compleja pero alcanzable- debía comunicarse con más urgencia que nunca.

Cinco. Aznar, en su último libro de memorias, El compromiso del poder, incluye un capítulo que reproduce sus anotaciones durante los días del 11-M. Con fecha del 7 de abril, escribe: «Yo tuve la ambición de situar a España entre los grandes y para eso era necesario jugársela, arriesgar y asumir responsabilidades; y lo hice. España tiene condiciones, aunque a una parte del país no le guste. Aposté por una España pujante y orgullosa». La política de Madrid que hoy sufrimos todavía es hija -líderes y caras al margen- de aquella apuesta incierta. Y sigue despreciando la velocidad de la historia.

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