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Francesc-Marc Álvaro | Un procés adult
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19 ene Un procés adult

Con el 9-N alternativo se cerró la fase adolescente, espectacular y épica del proceso soberanista (marcada por la capacidad de movilización de los sectores partidarios y la reclamación de poder votar) y ahora entramos en la fase adulta, prosaica y quirúrgica de un proyecto político de cambio de consecuencias históricas. En medio, unas semanas agónicas que han hecho aflorar descarnadamente los intereses diversos del bloque político soberanista. Ahora todo el mundo es más consciente de que la unidad estratégica de los que quieren la independencia no tiene nada que ver con la generosidad sino con el principio central de toda política: la necesidad. El último acuerdo entre Mas y Junqueras es la plasmación menos mala de todas las necesidades en juego, empezando por la de no defraudar a la ciudadanía que se ha implicado en este viaje. Es, en este sentido, un ejemplo de ética de la responsabilidad.

El soberanismo debe combinar el voluntarismo y el entusiasmo que ha sido su motor desde 2012 con la complejidad ejecutiva y la articulación institucional. De las elecciones del 27 de septiembre los partidos soberanistas deben obtener el claro y definitivo aval o mandato democrático para concretar su objetivo, vista la imposibilidad de hacerlo mediante una consulta oficial pactada con el Gobierno. Una vez ha quedado claro que no habrá una única lista tranversal, CDC (con o sin Unió), ERC y la CUP han de trabajarse a fondo sus respectivos espacios socioelectorales potenciando la complementariedad para asegurar una mayoría clara. Los votos también decidirán si la presidencia (y con ella el liderazgo institucional del proceso) lo debe seguir teniendo Mas o tiene que pasar a Junqueras, algo no menor. Aparte de una hoja de ruta compartida, las diferentes candidaturas han de transmitir que no se ha perdido el espíritu de la Via Catalana y de la V, donde nadie preguntaba a la persona de al lado qué partido había votado. Lo que pase en las municipales también influirá, obviamente.

Los meses por delante son de discusión y definición del cómo, y de tomar decisiones atrevidas. La hoja de ruta que debe pactarse tiene que ordenar tres objetivos difíciles que han de hacerse a la vez: gobernar el día a día, desconectar Catalunya del Estado español y construir la base de un nuevo Estado catalán. Más allá de las diferencias de método entre Mas y Junqueras, están los informes -muy sólidos- del CATN y el afinado criterio de Carles Viver, a quien hay que escuchar con atención para dar los pasos sin errores. Es preciso establecer las prioridades y asumir que, a pesar de todo, habrá que improvisar. Madrid activará respuestas duras en muchos frentes (no sabemos si Mas será inhabilitado) e incrementará los mensajes del miedo.

El proceso catalán disfruta de una mala salud de hierro porque responde a un cambio de mentalidad irreversible.

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