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Francesc-Marc Álvaro | El temps elàstic de Puigdemont
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11 ene El temps elàstic de Puigdemont

El nuevo president Puigdemont definió ayer su terreno de juego: entre la postautonomía y la preindependencia, un tiempo aparentemente nuevo. Mas ha sido el presidente que ha certificado el agotamiento del modelo autonómico, surgido no de la Constitución española de 1978 sino –seamos exactos y justos con la historia- del retorno del president Tarradellas y el restablecimiento de la Generalitat entre septiembre y octubre de 1977, única incrustación de la vieja legalidad republicana en el edificio de la transición. Y Mas también ha sido quien, mucho antes del estallido del caso Pujol, no tuvo más remedio que superar las categorías obsoletas del pujolismo y asumió un lenguaje nuevo –transición nacional, derecho a decidir, Estado propio- para mantenerse en la zona central de juego de la política catalana.

Mientras el tiempo de Mas ha sido una época de implosión acelerada, no sabemos todavía cómo será el tiempo de Puigdemont. Sí sabemos que hoy, con aciertos y errores, el soberanismo tiene una presencia social, un peso político y un protagonismo que no tenía hace cinco años. Y también sabemos que a Puigdemont no se le podrá atacar por ser un converso táctico a la estelada, porque desde joven ha defendido esta meta. Dicho esto, el control inteligente del tiempo –no emocional- es el asunto clave de este nuevo Govern: tiempo para gobernar y tiempo para abrir la puerta de la independencia sin olvidar las lecciones de la pasada legislatura. La obsesión por el calendario que ha marcado el proceso hasta ahora –querer encajonar una tarea extremadamente compleja en 18 meses- no ha ayudado a la otra tarea imprescindible de este movimiento, que es ampliar su base socio-electoral. ¿Cuánto durará esta preindependencia? No lo sabe nadie, pero es momento que el soberanismo revise algunas previsiones axiomáticas para ser más eficaz y depender menos de las oscilaciones emocionales.

A pesar de su habilidad en las réplicas a los grupos de oposición, Puigdemont dejó varios aspectos importantes sin detallar, probablemente porque el nuevo Gabinete tiene la obligación de repensar el nuevo periodo –y la tan citada hoja de ruta- a partir de un escenario muy fluido y lleno de realidades emergentes. ¿Hasta qué punto la declaración del 9 de noviembre pesará en las decisiones y prioridades del Govern de Junts pel Sí? ¿Cómo se concretará el plan de choque para el cual hay más voluntad que recursos? No son asuntos pequeños. Salvar la distancia entre la retórica de la revuelta y el día a día de la gestión es el primer reto de los protagonistas que ahora empiezan a andar.

Bajo el signo del socialdemócrata catalanista Pallach y los remences, el nuevo president Puigdemont asume una tarea sin precedentes.

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