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Francesc-Marc Álvaro | Addictes al món virtual
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26 feb Addictes al món virtual

Tengo un amigo que se paseó por el recinto del Mobile World Congress y ahora tiene un gran problema. El tipo se ha enganchado a la realidad virtual a lo bestia, es un yonqui. Se ve que vivió la experiencia –es importante repetir la palabra experiencia para subrayar que somos actores y no espectadores de la cosa– de un simulador excepcional y salió transformado radicalmente, como el creyente que ha podido acceder a la verdad revelada. ¿Tan real es?, le pregunto yo, pobre ignorante de esta maravilla. “No es real: es mucho mejor que la realidad”, responde poniendo los ojos en blanco mientras anda flotando. “Puedes vivir y ver cosas que nunca harás, es como aquel Aleph de Borges, no sé cómo explicártelo”. Creo que mi amigo está perdido, luce una sonrisa de iluminado y es incapaz de hablar de nada más que no sea su experiencia con aquellas gafas tan raras. Ahora todo lo que lo rodea le parece una eterna tarde de domingo de migraña y reposiciones de Mr. Bean o discursos de Rajoy desde el plasma.

Las pinturas de Altamira fueron la primera realidad virtual y, desde entonces, hemos ido refinando el negocio. Si te calzabas una cabeza de ciervo y bebías según qué, la fiesta era su­perior y tenías muchos amigos. Los remotos romances de ciego también eran realidad virtual, como el Misterio de Elche o el teatro ambulante de marionetas, sea dicho con perdón. Con el cine que vieron nacer nuestros abuelos o bisabuelos, la cosa virtual rozaba unos límites que parecían insuperables. Más tarde, una vez la tele pareció que se aburría de nosotros, nos esperaban los videojuegos y la realidad virtual propiamente dicha. ¿Por qué no? Me gusta ver gente probándose realidades virtuales, son como los que bailan o beben solos, o sonámbulos que forman parte de un paisaje contra el que no se puede competir.

¿Por qué quiere el personal tanta realidad virtual? Más allá de los usos científicos, médicos o similares, estamos hablando de la industria del entretenimiento. Se trata de huir, evadirse, desconectar de las malas noticias, habitar otro planeta de luz y de color. Viajar desde casa y por dentro. La realidad duele: la huelga del metro, la Renfe, los recortes, los sueldos congelados, el paro, los trabajos precarios, la estafa de las preferentes, el autoritarismo de una derecha, el moralismo de una izquierda, las buenas intenciones de los cínicos, la dema­gogia de la nueva política, la demagogia de la vieja política, el cinismo de los bienintencionados, la policía de lo políticamente correcto, los fascistas ­camuflados en la incorrección política, el postureo de los nuevos mandarines, el crimen organizado, el reformismo de plástico… Cuando todo eso satura, ponte las gafas de la virtual existencia y sobrevuela las islas Medes o cabalga un dinosaurio. Regresar no te será fácil.

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