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Francesc-Marc Álvaro | L’estafa del segle
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10 jun 2016 L’estafa del segle

Hemos sabido recientemente que los Mossos d’Esquadra han desarticulado un grupo de malhechores que estafaban a personas mayores haciéndose pasar por operarios encargados de la revisión del gas. Los delincuentes buscaban a los abuelos más vulnerables, por edad o por salud. Los más codiciados eran los ancianos que tienen problemas de memoria o similares, porque así la comedia de la falsa revisión se podía reproducir con una facilidad sensacional y las víctimas ni se daban cuenta de ello o dudaban sobre lo que estaban viviendo. A un hombre de ochenta años con al­zheimer le robaron más de 40.000 euros en varias visitas. Más allá de la indignación que produce este tipo de delitos contra los más débiles de la sociedad, el episodio es una magnífica metáfora de nuestro tiempo. Este engaño es el timo del siglo porque –de algún modo– todos los ciudadanos somos hoy como los abuelos con memoria frágil a quien es fácil tomar el pelo.

Vivimos tiempos de toneladas incesantes de información y, a la vez, de grandes agujeros de memoria. Umberto Eco señaló, con su lucidez habitual, que los medios son, aunque no lo pretendan, máquinas del olvido que borran el pasado a golpe de una actualidad que nos agobia. Lo escribió hace muchos años, cuando se empezaba a hablar de internet y las redes sociales todavía no existían. Una de las profesiones más apasionantes de nuestra época es la de los expertos en reputación digital, gente hábil en separar el grano de la paja y en el tratamiento quirúrgico de la información y la memoria virtual sobre personas e instituciones. Pero hay cosas que vienen de antiguo: en el mundo clásico, cuando el periodismo olía a tinta y censura oficial, también había quien pagaba para no salir nunca y vivir en una confortable penumbra, al abrigo de polémicas y fotógrafos.

Hoy empieza una nueva campaña electoral y, aunque las hemerotecas son accesibles y los tuits de los candidatos son exhumados por los rivales, la política se hace todavía –como antes y como siempre– a partir de una premisa aterradora: el elector no tiene memoria. Todo se olvida. El votante es –ante el candidato en campaña– como el anciano desvalido ante el tipo que se hace pasar por revisor del gas. Todos somos el abuelo con alzheimer a quien iban desplumando. Nada importa lo que prometan este o aquel, dentro de cuatro días no lo recordaremos. Hagan la prueba: ¿cuántas promesas pueden explicar de las que inundaron la campaña del 20-D, hace sólo medio año? La promesa más famosa de la ­democracia española fue aquella de González en 1982: dijo y repitió que crearía 800.000 puestos de trabajo. No lo cumplió, pero la buena gente le siguió votando.

Los timadores de las falsas revisiones del gas se han limitado a copiar una manera de hacer que funciona a gran escala. No se lo podemos reprochar.

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