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Francesc-Marc Álvaro | L’estrany Ferran Sáez
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22 jul 2016 L’estrany Ferran Sáez

Hay un momento en la vida que sabes perfectamente que no jugarás nunca a Pokémon Go ni a nada que se le parezca y, entonces, asumes de manera responsable que quedarás al margen de ciertas conversaciones y que tu universo pasará por caminos de carro –los tipos cool hablan de carreteras secundarias– y por cultivar ciertas afinidades más allá y más acá de las modas. Entonces, una vez ya no te hace falta vestir como tus hijos ni bajarte la última serie sobre gente americana que vota a Trump, puedes leer el nuevo libro de Ferran Sáez Mateu, titulado igual que un fado intenso de la gran Amália Rodrigues: Estranya forma de vida, editado por AContravent.

Sáez Mateu ha escrito un breviario, lo cual es como presentarse con traje, corbata y sombrero en una playa nudista. Inspirado por Montaigne –a quien dedicó su tesis–, el autor de La Granja d’Escarp nos regala una prosa que corta como lo hacen los cuchillos suizos recién estrenados. Convirtiendo el dolor y las adversidades de la existencia en una lucidez que resulta subversiva en medio de tantas frases de plástico como nos tragamos, el amigo Ferran –macerado en un humor de alta graduación– dice lo que no dice nadie y, de esta manera, nos obliga a vomitar y/o excretar un poco de la estupidez que acumulamos en la sangre. Su libro se tendría que poder comprar también en las farmacias, algo que tiene su ironía porque es todo lo contrario de una obra de autoayuda.

En catalán, al postureo siempre lo hemos llamado fer els gegants. Ahora hay mucha gente que junta palabras para fer els gegants. Sáez Mateu está en las antípodas: él escribe –me parece– para agujerear una pared invisible que cada día aparece donde menos lo pensamos. Para avisarnos de que no somos muñecos virtuales. He ahí una cata: “Pietat. Tenien una cabra, tenien un carro de color verd, es movien. Els vam apedregar, sol·lícits, com acomplint un deure antic que ells, de ben segur, ja s’esperaven. Renovàvem, sense saber-ho, la condició ancestral del nomadisme, que és tràgica. Ells feien olor de fum i nosaltres érem nens d’un país subdesenvolupat, poca cosa. Se’n van anar Segre avall, cap a l’Aragó, pel camí de Mequinensa. Guardo un record impossible de soroll de canyes trencant-se. Era la primavera del 1971, quan vaig fer la Primera Comunió”.

En esta vida extraña escrita por ­Sáez Mateu yo encuentro resonancias de Fuster, de Cioran, de Canetti y –no creo que el autor me lo admita fá­cilmente– del Pavese que añoraba tesoros en medio del barro. Literatura de ideas, diremos con precaución, porque sabemos que las ideas tienen muy mala prensa, y más si estas no desfilan por la calle mayor donde se celebra el carnaval de la autoindulgencia. Si no quieren quedar bien con su con­ciencia, lean ahora mismo el libro de un escritor a quien no estorba la li­bertad.

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